Marina Caballero Serrano

Nace en 1930 en Villanueva de Córdoba. Hija de preso político, es trasladada a Valencia, donde contacta con otras mujeres e hijas de presos. Cuando su marido, también del PCE, recobra la libertad, deben emigrar a Francia. Regresan en 1970 y entra de pinche de cocina en la Fe, donde organiza las CCOO y defiende las reivindicaciones propias de las mujeres en la Sanidad. Se prejubila en los años 90.

Testimonio recogido y comentado por Nora Cavaccini en 2004.

Marina nace en abril del año 1930 en Villanueva de Córdoba, un “pueblo muy revolucionario”. Procedía de una familia de clase obrera: el padre era pastor y la madre campesina y analfabeta pero, al mismo tiempo, «muy compenetrada con la lucha». La niñez de Marina esta profundamente marcada por el compromiso político de su familia, hasta el punto de que ella se crió, en cierto modo, sin padre: «Mi padre ha sido un extraño para mi […] yo le he conocido siepre entre rejas o escondido». En efecto, fue su padre quien creó el sindicato campesino en Villanueva de Córdoba y luego fue también el fundador del Partido Comunista en la provincia de tal modo que, al empezar la guerra, toda la familia se encontró afrontando las dificultades que siempre se derivan de la persecución y la clandestinidad. En tal sentido, Marina nos cuenta un episodio que le ocurrió cuando era todavía muy pequeña:

[…] La guerra había comenzado, [y mi padre] viene a casa y le dice a mi madre que se fera con nosotros por los montes hasta ver si podía llegar al pueblo. Él no podía hacerse cargo de nosotros porque iban a por él, para matarlo. Mi madre nos cogió y nos fuimos por la campiña de Córdoba. Se perdió la mujer, con dos niñas. Yo tenía seis años y mi hermana tenía dos meses. Claro, una mujer de pueblo, analfabeta, se las vio negras para poder salir de allí. Estuvimos cincuenta y tantos días perdidos por la campiña entre los dos frentes, el frente republicano y el fascista. Mi madre se juntó con otra mujer que tenía dos niños más, y se iban ellas dos por ahí durante el día a saber la salida que podíamos tomar por la noche, para que no nos vieran. Así estuvimos buscando, buscando. No teníamos qué comer, comíamos lo que encontrábamos en el campo. Y ya por fin fuimos a dar con el frente republicano. Ya nos recogieron… […] nos llevaron las tropas de la milicia republicana, nos llevaron a mi pueblo. aquello fue una fiesta porque […] a mi padre, […] cada vez que pasaba por el pueblo, le decían que nos habían visto muertas a las tres. Entonces, claro, cuando llegamos al pueblo aquello fue una fiesta.

Durante la guerra, Marina vive en Jaén. Su padre llevaba la prensa por los frentes y durante tres años la familia vivió con bastante tranquilidad: fueron los únicos años en los que Marina frecuentó la escuela. La situación cambió drásticamente a raíz del golpe de Casado y del final de la guerra civil con el triunfo de los franquistas. «Cuando entraron los fascistas, […] todos se fueron a Ia sierra, al monte». Es en esta circunstancia cuando perdieron la vida los hermanos de su padre, comunistas, los dos fusilados en una redada. «En la guerrilla, en la lucha, los mataron», y como uno era alcalde, “se lo llevaron al pueblo, y allí lo pusieron desnudo en la plaza […] para que la gente pudiera a verlo, muerto». El padre de Marina, en cambio, se salvó, pero fue detenido y desde ese momento «fue de cárcel en cárcel, de campos de concentración en campos de concentración». Cuando al final fue trasladado a la prisión de Valencia, Marina, su madre y su hermana tuvieron que iniciar otro viaje en circunstancias trágicas para acompañarle en su nuevo destino carcelario:

Por medio de la solidaridad le mandaron a mi madre el importe de los tres billetes, para que nos viniéramos. Pero como la cosa estaba tan mal, ni teníamos ropa ni teníamos nada. Y mi madre el importe de un billete lo gastó en ropa, con la idea de que mi hermana, cono era más pequeña, viniera escondida debajo de los asientos del tren. Así llegamos a Valencia.

Marina no recuerda quién las ayudó a venir a Valencia, aunque imagina que fue la organización del Partido Comunista la que se ocupo de todo. En Valencia empieza una nueva vida: había ya dejado la escuela sin completar la enseñanza primaria y enseguida se puso a trabajar en una fábrica de aceitunas. También su madre comenzó a trabajar como empleada de servicio en una casa «de alta alcurnia». Antes de este periodo tomó contacto con la «juventud femenina», o sea, con las mujeres que ayudaban a los prisioneros:

Entonces era una organización [en la] que cada una teníamos nuestra tarea. Comunicábamos cada una con uno, con un preso, íbamos a [la Prisión de] San Miguel de los Reyes. Pues «el uno es mi hermano», y «el otro es mi novio», y yo comunicaba con un madrileño que era «mi novio». Sacaba la ropa de él, la lavábamos, con los fondos que había se compraba la comida, y se metía en los cubos esos de doble fondo, que en el doble fondo siempre iba alguna cosita. Y así estuve trabajando, así conocí a bastantes mujeres en aquella época, gente joven…

Marina misma era todavía una adolescente y, no obstante las dificultades, amante de la vida: «a mí me gustaba mucho bailar y todas esas cosas». No por casualidad fue en una verbena cuando ella conoció a su novio, Mariano, un obrero metalúrgico que trabajaba en Macosa. Su padre también había estado detenido y él empezó a tener contacto con el de Marina: «simpatizaron mucho», nos cuenta ella.

Desde el momento en que se llevaron al padre de Marina a la cárcel, en el año 1946, hasta 1955 cuando salió, Marina y su familia pudieron verlo personalmente una sola vez. Luego, cuando perseguido por la policía su padre fue obligado a marcharse otra vez, Marina se quedó en Valencia, sin padres, pero ya con su propia familia. Se había casado y ya tenía un hijo.

[…] Te diré que nosotros al principio hemos sido un matrimonio clásico, clásico. Luego, después, es cuando hemos evolucionado de otra forma. Pero no ha habido ningún problema. Yo si me tenía que ir de viaje, yo me iba de viaje y no pasaba nada. Él se quedaba en casa y no pasaba nada. Claro, cuando tenía al niño me tenía que llevar al niño porque no era cuestión de dejarlo. Luego ya, cuando mis padres se marchan, ya nos quedamos solos.

Un «matrimonio clásico» porque Marina, a raíz del mismo, dejó su ocupación en una fábrica de bolsos, aunque siguió en casa haciendo trabajo de confección a domicilio. Pero la suerte no le fue favorable y, al poco tiempo, se encontró con nuevas dificultades:

La policía nos visita bastantes veces, nos hacen registros… hasta que al final de-tienen a Mariano. Porque él fue al sexto Congreso del PCE, que se celebró en Checoslovaquia, no me acuerdo en qué año. En el 57, ¿no? En el 59 o 60, porque mi hijo ya había nacido, estaba ya en vida cuando se fue el padre. [El VI Congreso del PCE se celebró entre el 28 y el 31 d enero de 1960]. No sé si es que hubo un chivatazo, que la policía no es tonta, indagó e indagó hasta que dio con él. «Es un obrero que trabaja en una gran empresa y se celebró el congreso por las navidades». Entonces empezaron a indagar, a ver en las empresas grandes qué obrero había faltado en esas fechas, y dieron con él. Entonces vinieron una madrugada. Mi hijo ya tenía tres años y yo estaba embarazada de la chiquilla. Se lo llevaron. Estuvo en Jefatura de Policía cincuenta y tantos días porque en los interrogatorios le dieron descargas eléctricas y le rompieron la clavícula. Entonces, a los diez días, lo llevaron a que le hicieran radiografías y entonces se lo enyesaron. […] Lo juzgaron en el 62, cuando ya habla nacido la chiquilla. Y se lo llevaron a cumplir condena a Cáceres. Los de las condenas más pequeñas los llevaban a Cáceres y los de las condenas grandes estaban en San Miguel de los Reyes o en Burgos; y entonces cumplió año y medio de condena.

«La gente me ayudó muchísimo». Así Marina comenta y recuerda un periodo en el que la solidaridad de compañeros y amistades le fue de gran ayuda, puesto que ella se quedaba sola, embarazada, y ya con otro hijo. Fue sobre todo un compañero de Mariano quien se ocupó de que ella se las pudiese arreglar, cerciorándose de que cada semana recibiese un sobre con dinero. Los problemas no acabaron cuando Mariano fue excarcelado. Él no podía volver a su anterior trabajo en Macosa y la familia emigró a Francia, donde ya vivía la hermana de Marina y sus padres. Fue un experiencia interesante, así al menos la recuerda Marina:

Con esas libertades que había, poder hacer cosas… […] A mí aquella experiencia me hizo mucho bien. Porque yo tuve contacto con gente muy buena. Trabajábamos mucho para el Partido Se hacían actos, se hacían fiestas, íbamos a vender el periódico, por el boulevard, por donde se paseaban los españoles. íbamos por donde sabíamos que vivían españoles, con nuestro periódico, a tocarles a la puerta, a ofrecerlo. O sea, tuve mucha actividad. Bien, bien.

En Francia, Marina estuvo hasta el año 1970. Querían volver a España, pero no de cualquier forma: «nosotros nos queremos venir de Francia y la única forma de que nos vengamos es que yo tenga un trabajo». Con esta voluntad, pero también con esta condición, Marina regresó a Valencia. Y encontró trabajo en la Ciudad Sanitaria Ia Fe. «Estaba de pinche de cocina» y «ahí es cuando ya empecé a trabajar sindicalmente, a incorporarme al sindicato». Antes de este periodo, en efecto, ella no tenía particular experiencia de militancia, aunque en el tiempo transcurrido en Francia habla trabajado en la Unión Democrática de Mujeres para el PCE y «estaba sindicada en la CGT pero nada más». Es el contacto con el lugar de trabajo y con las mujeres lo que le permite acercarse al sindicato:

[…] En principio todas éramos mujeres. De ahí salió ya la creación de las Comisiones Obreras. Empezarnos ya a meternos dentro de la Junta Sindical, que entonces no era todavía Comité de Empresa. Yo desde el principio estuve en la Junta Sindical, luego ya posteriormente Comité de Empresa. A partir de ahí ya fuimos creando las Comisiones Obreras, porque ahí estábamos gente de CCOO, de USO, de UGT, de tal, en el Comité de Empresa. Y a partir de ahí se hizo el llamamiento a la afiliación como sindicato, hicimos nuestro trabajo, dentro de nuestro entorno, para la creación del sindicato de CCOO.

Si bien sabe que existe una relación entre el Partido Comunista y Comisiones, Marina ha querido siempre separar la actividad política de la sindical:

Yo tengo compañeros en Comisiones que están chapados a la antigua y no andan si el Partido les dice que no anden. Yo no soy de esas. Comisiones es una línea y el Partido es otra… […] La vida ha evolucionado y CCOO hay que verlas de otra manera, sin bajarse los pantalones, claro. Nosotros somos obreros, tenemos que defender la clase obrera, pero lo que no podernos hacer es alzar la bandera de un partido en nombre de esta organización.

En este sentido, o sea, de una lucha para defender los derechos de la clase obrera, Marina militó siempre activamente, tomando parte en las huelgas y en las asambleas en una época en la cual no todas las mujeres estaban dispuestas a asumir esta responsabilidad. Ademas, cuando se necesitaba hacer un acto o asistir a alguna conferencia «siempre se nombraba algún delegado, pero no se nombraban delegadas, siempre hubo más hombres que mujeres». No obstante, estas formas discriminatorias de actuar nunca le impidieron seguir su actividad, tampoco en los cargos de dirección que ha desempeñado, sobre todo porque para Marina existen cosas que se reivindican mejor según sean mujeres u hombres las que las defiendan: «Un hombre que vaya a reivindicar la situación laboral de la mujeres no va a tener tanta fuerza como que una mujer la esté defendiendo». Y aunque fue una mujer muy expuesta «Hay una huelga, estoy yo; hay una asamblea, estoy yo; hay que informar a los trabajadores, estoy” Marina nos cuenta que fue siempre bien considerada en el trabajo: «No he tenido problemas. Sabían cómo era». Incluso que tuvo también algún privilegio. Por ejemplo, cuando estando en Rumania su padre enfermó gravemente, ella pudo marcharse sin saber cuándo podría volver:

Tenía que ir a Rumania […] y tienes que justificar mucho las ausencias. Entonces hablé con el administrador de aquella época -ni mí acuerdo cómo se llama, pero fue una bellísima persona- digo: «Yo me tengo que marchar a Rumania por este motivo». Y él sabía bien, porque tenía como gobernanta una monja, y el le decía: «Sor Amparo, ¿como se entienden una monja y una comunista?» Y la monja decía: «La mejor persona que tengo en la cocina». O sea, siempre he estado muy bien considerada. Le dije: «Mire usted, que me tengo que ir, y este tiempo pues tendrá que ser, de vacaciones, de días que me deba…» Y dice: «Tú márchate, Marina. Cuando vengas ya se arreglará». Y estuve casi un mes, y a mí no me descontaron nada. Y eso es un privilegio.

La tenacidad de Marina, y por supuesto el respeto que siempre le han guardado, proceden de su carácter muy resuelto:

Yo no he tenido nunca don de palabra para poder explicar las cosas muy técnicamente, pero las cosas que conozco, que sé, que toco, esas las defiendo con uñas y dientes, a la pata llana, yo no sé hablar de otra manera.

Toda esta constancia de sus años de trabajo ha procurado mantenerla en la Federación de Pensionistas y Jubilados en la que sigue activa actualmente. Marina se prejubiló en el año noventa, casi en las mismas fechas en que se jubiló Mariano, y ahora está cansada. Como muchas mujeres de su generación:

[…] Hemos pasado mucho, hemos luchado mucho, en la clandestinidad, hemos carecido de todo. Entonces hoy, que nos hemos jubilado, que tenemos una pensión más o menos pasable, la mayoría ya no están ni en el sindicato, se han dado de baja. […]. La mujer te dice: «¡Uy! Yo ya he luchado bastante, yo ya no quiero saber nada”. La gente joven no, la gente joven está todavía. Pero las mayores no. Ojalá sepa la gente joven recoger la herencia dejada por “las mayores”.

NORA CAVACCINI (2004)

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