Mª Jesús Vilches Arribas

Secretaria Confederal de la Mujer de CC.OO., 1987-2000. Mandato del 4º, 5º y 6º Congresos Confederales de CC.OO.

Mis orígenes en el compromiso político parten de un partido de la extrema izquierda PC-ML (Partido Comunista Marxista Leninista) entrando a formar parte de una estructura FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) donde eran muchos los sueños revolucionarios y más tarde muchas las frustraciones. Fui procesada en 1970 con 17 años por participar en un “salto” en la plaza de Lavapiés donde protestábamos por la petición de muchos años de cárcel a activistas de ETA en lo que entonces se conoció como el “Proceso de Burgos”, fruto de esa detención dejé de pertenecer al FRAP y empecé a tomar contacto con grupos de jóvenes, a través de clubes juveniles en torno a actividades cercanas a la iglesia y donde la cercanía política era el PCE.

Estoy hablando de los años 70, época en que todo estaba por hacer en los barrios de Madrid, lo que me llevó a participar en la formación de un incipiente pero muy activo movimiento vecinal, fui una de las fundadoras de la Asociación Vecinal de Fuencarral, fueron años muy emocionantes e interesantes y considero un privilegio haberlos vivido, pero también eran momentos de miedos, dudas…, éramos jóvenes con vivencias desarrolladas en medio de una fuerte represión social, cultural, política, que queríamos cambiarlo todo pero que no sabíamos cómo.

Desde que comencé a trabajar a los 14 años, han sido muchas las empresas y los sectores en los que he estado; en 1976 llegué a RONER, de donde fui despedida y tiempo después readmitida, con una amnistía laboral que se produjo con motivo de la aprobación de la Constitución o del referéndum para la reforma política (no lo recuerdo bien).

Cuando llegué a la Secretaría Confederal de la Mujer (SCM) ya había dado el salto y entonces mi militancia política estaba en el PCE, también era activista sindical, formaba parte de la dirección del sindicato de Artes Gráficas en la USMR de CC.OO. Y era, al mismo tiempo, presidenta del comité de empresa de mi lugar de trabajo, la encuadernación RONER, que contaba entonces con una plantilla de 250 trabajadores y trabajadoras.

En aquel momento, yo misma experimentaba como trabajadora una de las principales discriminaciones laborales que afectaban a las mujeres: la discriminación salarial. En el sector de Artes Gráficas ésta era la principal reclamación de las trabajadoras, ya que soportábamos una desigualdad salarial que se encubría a través de categorías profesionales feminizadas, como los denominados “oficios complementarios femeninos”. Éste fue el verdadero motivo de mi acercamiento a la, aún incipiente, SCM.

Llegué desde la dirección del sindicato de Madrid para pedir ayuda y consejo de cómo abordar esa discriminación que las mujeres del sector de la encuadernación sufríamos, y me quedé prendada de una actividad que me ha acompañado a lo largo de todos estos años y de la que puedo decir que he incorporado a mi forma de ser y hacer.

En 1984 mediante una excedencia en mi empresa y mi dimisión como concejala por el PCE en San Sebastián de los Reyes, comencé mi trabajo como adjunta en la SCM, para asumir la responsabilidad en 1987 (en el 4º Congreso Confederal).

En aquellos momentos existían otras situaciones discriminatorias procedentes de la permanencia de normas falsamente “proteccionistas”, que impedían a las mujeres el acceso a determinados trabajos, como el nocturno o el que se ubicaba en interiores subterráneos, y que con la filosofía de “protegerlas” las expulsaban de empleos en sectores masculinizados.

En aquellos años tuvieron lugar luchas significativas de las trabajadoras, que apoyamos desde la SCM, para acceder a este tipo de empleos, como las protagonizadas por las trabajadoras de Vías y Obras de Renfe, las mineras de Hunosa… Asimismo, estuvimos apoyando a colectivos de mujeres que querían regresar a sus puestos de trabajo de los que un día por la legislación franquista fueron expulsadas (trabajadoras de banca, de grandes empresas como Telefónica…). Por otro lado, eran muy altos los niveles de desempleo femenino, y el trabajo sumergido constituía otro sector mayoritariamente feminizado y totalmente desprotegido, en esta categoría podemos incluir a las trabajadoras del Servicio Doméstico, colectivo del que, hasta que en 1985 no se aprobó un Real Decreto, las relaciones laborales se regían por el Código Civil de 1880.

A esto se añadía el abandono del trabajo asalariado por las mujeres, cuando aparecían los hijos/as, vía despidos inducidos o por la imposibilidad de conciliar vida laboral y familiar. Aún no se habían puesto en marcha las medidas favorecedoras de la conciliación, lo que constituyó otra de nuestras principales demandas.

En la época en que se inició mi mandato como SCM la normativa sobre igualdad de género estaba introduciéndose en España, entre otras cosas por el impulso dado por la entrada de nuestro País en la Unión Europea. En un contexto de desconocimiento generalizado, a la vez que aprendíamos, íbamos incluyendo en nuestra acción sindical los nuevos conceptos de acción positiva, discriminación directa e indirecta, igualdad salarial por trabajo de igual valor…

Eran momentos en los que en la negociación colectiva era corriente encontrar cláusulas discriminatorias por razón de sexo, tanto directas como indirectas; aprendimos a detectarlas, elaboramos propuestas específicas para eliminar las directas y para prevenir las indirectas.

En cuanto a la receptividad que encontré a mí llegada a la SCM (1987), hay que recordar que yo no fui elegida en el 4º Congreso Confederal, sino más tarde en un Consejo Confederal. Creo que esta situación determinó al principio cierto sentimiento de soledad en el desarrollo de las tareas, con algunas incomprensiones puntuales por parte de dirigentes así como de compañeros y compañeras. En aquel momento, una parte de la organización consideraba extraños a la acción sindical los objetivos feministas y a veces la desconfianza afloraba, lo que se traducía en una escasa valoración del trabajo de las Secretarías de la Mujer (SM).

Durante mi mandato se impulsaron medidas determinantes para la igualdad de género en el ámbito sindical interno. Baste recordar, por ejemplo, la 1ª Conferencia Confederal “CC.OO. un espacio sindical para hombres y mujeres”, que tuvo lugar en 1993 y que supuso un acontecimiento clave respecto al compromiso de CC.OO. con la igualdad entre mujeres y hombres. En este Encuentro quedaron fijadas las líneas de trabajo para potenciar este objetivo igualitario en los ámbitos sindical y laboral.

Entre las medidas de carácter interno que se aprobaron se pueden señalar:

Un mayor conocimiento en el sindicato de la realidad que suponen las mujeres a través de la desagregación de todos los datos.

  • Adopción de medidas para que las mujeres participasen en la actividad sindical y se afiliaran.
  • Impulso de la proporcionalidad para la representación de mujeres en los órganos, (a este respecto hay que recordar que aunque desde el 5o Congreso Confederal se estuvo trabajando para introducir medidas obligatorias al respecto, no es hasta el 7º cuando se consigue la reforma estatutaria que obliga a que las mujeres estén representadas en las Ejecutivas de forma proporcional a la afiliación del sector o territorio del que se trate, lo que sí se logra en el 6o es la incorporación a los Estatutos de un apartado en la definición, donde se plasma que “CC.OO. es un sindicato de hombres y mujeres).
  • Que el 8 de Marzo sea una fecha de reivindicación del conjunto del sindicato y no sólo de las mujeres.

Las medidas acordadas para un trabajo en el ámbito externo pasaban en primer lugar por una actividad permanente de denuncia de todo tipo de discriminaciones entre mujeres y hombres en las relaciones laborales.

Entre las principales tareas estaba la aportación de cláusulas específicas en la negociación colectiva así como el seguimiento de las discriminaciones, tanto directas y evidentes como indirectas y soterradas.

Algunas de las 10 propuestas realizadas para la negociación siguen hoy vigentes: Eliminación de las situaciones que supongan discriminación directa o indirecta por razón de sexo / Exigencia de que la valoración de pues- tos de trabajo se haga desde criterios objetivos y medibles, vigilando la no discriminación por razón de sexo / Introducción y desarrollo de medidas de acción positiva como mecanismos correctores de las discriminaciones actualmente existentes / Creación de comisiones paritarias para la igualdad de los trabajadores y trabajadoras / Introducir la figura de la persona agente del igualdad de oportunidades de la mujer en las mesas de negociación colectiva / Introducir las medidas mas ventajosas de la Directiva Comunitaria sobre maternidad / Reducción de la jornada laboral…

También se acordaron otras medidas como: potenciar políticas de empleo que garantizasen el acceso, promoción y permanencia en el empleo; diseñar planes específicos de lucha contra la economía sumergida; derogar el Decreto sobre la relación laboral de Empleadas de Hogar, aplicando las condiciones del Estatuto de los Trabajadores; reclamar el derecho individual de las personas para la percepción de las pensiones no contributivas; desarrollar programas formativos para la inserción laboral de las mujeres con participación de los agentes sociales; favorecer la creación de Comisiones específicas para el estudio de la situación de las mujeres en los Consejos Económicos y Sociales así como en los Consejos de Relaciones Laborales, existente; promover un reparto equitativo de responsabilidades familiares y domésticas median- te campañas para el cambio de actitudes, etc.

Además de la celebración de esta Conferencia Confederal que fue un hito importantísimo en la historia reciente de nuestra Confederación, fueron muchas otras las herramientas utilizadas que permitieron pasos de gigante. Para mí una de las más destacables fue el desarrollo del proyecto (con fondos comunitarios) NOW-LUNA, que más tarde y en colaboración con el Instituto de la Mujer se llamaría ÓPTIMA. El trabajo que se realizó, durante los años 1995-1998 sentó las bases para la actual y muy importante Ley de Igualdad. Desde las SM de CC.OO. junto con nuestras secciones sindicales en casi 50 empresas acordamos protocolos “para la igualdad y desarrollo de acciones positivas”, conseguimos actuar desde la igualdad haciendo un diagnóstico de la situación de la empresa correspondiente, para después y tras un debate entre los afiliados y afiliadas, los trabajadores/as y los representantes de las empresas firmar un protocolo de actuación para eliminar las posibles discriminaciones y poner en marcha propuestas de igualdad. Esto luego tenía un reconocimiento institucional (desde el Ministerio de Trabajo) como “empresa favorecedora de la igualdad entre mujeres y hombres”.

Fue un trabajo que dejó la semilla para una parte importante de la actividad que posteriormente y en torno a la negociación colectiva hemos venido desarrollando, donde se formaron en igualdad más de 500 personas pertenecientes a Comités de empresa y Secciones sindicales, incluso en algún caso hubo representantes empresariales. Un trabajo ingente sostenido fundamentalmente sobre los hombros de las SM, que tuvo muchas dificultades pero a la vez resultó muy satisfactorio, que nos dio importantes réditos poco conocidos y escasamente rentabilizados. Fuimos capaces de entrar en temas como los procedimientos de selección, la descripción de puestos de trabajo, los procedimientos de promoción, la formación, el tiempo de trabajo, la política salarial, el acoso sexual, el fin de la relación laboral, las manifestaciones sexistas en el lenguaje… todo ello desde una visión de género. Fueron los inicios de los Planes de Igualdad que cuando se apruebe la propuesta de ley sobre el tema, actualmente en el Parlamento, deberemos seguir trabajando.

También en ese último periodo en el que yo estuve al frente de la SCM se presentó al gobierno, a la CEOE y CEPYME, por primera vez, una propuesta, elaborada a iniciativa de CC.OO. sobre “Igualdad de oportunidades”. El gobierno estuvo receptivo y adoptó algunas de las medidas propuestas, sin embargo, el resultado entre la patronal fue casi nulo.

También es de destacar el impulso que la actividad sindical internacional cobró con la entrada en 1991 de CC.OO. en la CES (Confederación Europea de Sindicatos) y 4 años más tarde en la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres). Actualmente y tras la fusión de las dos grandes organizaciones sindicales internacionales ha pasado a llamarse Confederación Sindical Internacional (CSI). A través de sus Comités Femeninos la labor de intercambio y experiencias que nos aportaron y que aportamos, enriquecieron de forma importante nuestra labor sindical y feminista dentro de CC.OO. y ayudó a que nuestros dirigentes representados en los Comités Ejecutivos correspondientes también se implicaran más en las políticas de igualdad.

La importancia que concedimos a la formación (que desde el principio estuvo entre las preocupaciones de la SCM) ayudó a dar importantes pasos en el conocimiento y en la elaboración de propuestas sindicales. Hay que tener en cuenta que al principio no había las ayudas económicas tan importantes que luego aparecieron para la formación, por lo que no podemos olvidar las colaboraciones (en numerosas ocasiones desinteresadas) de muchas profesoras y también algunos profesores que siempre tuvimos de forma incondicional a nuestro lado y nos ilustraron con su saber.

Es obligado hacer referencia a la realización de las distintas jornadas que durante los tres mandatos se llevaron a cabo y que abordaron temas de gran actualidad y diversidad (salud, economía sumergida, la igualdad en el ámbito europeo, los trabajos feminizados, la discriminación salarial, la igualdad en la negociación colectiva…). Jornadas que contaron con una importante asistencia de mujeres y se convirtieron en un referente anual donde contactar y poner en común el trabajo de las SM.

Por último y a sabiendas de que en este reducido espacio no podemos hacer un balance absoluto de la rica experiencia de 12 años, es obligado destacar la intuición que tuvimos cuando una de nuestras propuestas “estrella” fue la de aplicar y desarrollar la TRANSVERSALIDAD lo que en inglés nos decían que se llamaba Mainstreaming y que en CC.OO. lo empezamos a trabajar unos cuantos años antes. Es la clave, el haber sabido poner entre las principales preocupaciones la necesidad de trabajar la transversalidad en el conjunto de las políticas sindicales, no cabe duda que ha ayudado a avanzar mucho más deprisa.

A esta conclusión llegamos cuando también allá por los años 90 empezamos a hacer reuniones periódicas con mujeres dirigentes de distintas responsabilidades en el seno de CC.OO., con el objetivo de trasladarles nuestro trabajo específico dentro de las SM e intercambiarnos experiencias sindicales, esta actuación nos hizo ver claramente que ése era el camino: articular las actividades realizadas en diferentes ámbitos y trabajar en la misma dirección.

Trabajadora salió adelante porque unas mujeres feministas y sindicalistas tuvieron claro el objetivo: Comunicar lo que en el sindicato se estaba haciendo desde una perspectiva de género, crear un espacio para el intercambio de experiencias entre todas las SM y hacer huecos para que mujeres y hombres pudieran plasmar sus ideas. La principal idea era hacer una revista atractiva, ligera, con artículos cortos, sencillos y que invitara a leer a compañeras y compañeros que por no disponer de tiempo o por falta de costumbre rechazaran las grandes exposiciones.

En cuanto a los medios humanos con que contábamos, en principio partimos de la aportación voluntaria de compañeras sindicalistas; unos años más tarde, ya fue posible la contratación de una periodista, en principio a media jornada y luego a jornada completa, aunque se seguía contribuyen- do desde el activismo sindical feminista. Hubo que sortear dificultades de diverso tipo: de financiación, distribución, etc., o las derivadas del debate interno generado por opiniones o contenidos aparecidos en Trabajadora.

El Consejo de Redacción estaba formado por compañeras de las diversas SM de las Federaciones y algunos territorios, colaboradoras de FOREM, etc., además de la adjunta de la SCM, Susana Brunel, y yo misma. Nos ocupábamos de todas las funciones para asegurar la publicación de Trabajadora: redacción, elaboración, maquetación, impresión, financiación, distribución… Con respecto a este último asunto, la distribución, yo personalmente me reuní con todas las organizaciones territoriales y federales para establecer el mecanismo que hiciera más efectiva la difusión de Trabajadora. A este respecto y durante varios años contamos con la ayuda inestimable de una mujer ya jubilada, que de forma voluntaria se encargaba con gran diligencia de ensobrar las revistas para su envío, en esos momentos no podíamos contar con medios para que fuese una empresa la que hiciera este trabajo.

La valoración de la revista que nos llegó del exterior, de instituciones, organizaciones feministas, universidades, centros culturales etc., fue siempre muy positiva, y también la que conocimos de la propia afiliación de CC.OO., en cambio, me parece que el sindicato en su conjunto en aquellos años no supo valorar la importancia de una publicación especializada en informar sobre temas de género, una revista que era única en todo el Estado con las características de recoger el sentir y el hacer del sindicalismo feminista. El reparto de la misma tenía serias carencias, en algunas estructuras sindicales las revistas quedaban arrinconadas en los locales sin distribuirse; en aquel momento, algunas estructuras iniciaron de forma tímida el envío personalizado a las delegadas, nunca de forma generalizada como sí se hace ahora.

Actualmente creo que CC.OO. en su conjunto reconoce el papel de Trabajadora como difusora de la igualdad de género y se valora también que ha permanecido con esa especialización durante más de dos décadas, contribuyendo a la concienciación social para avanzar hacia la igualdad entre mujeres y hombres. Podríamos decir que ha sido una llamita que siempre ha estado encendida, aunque a veces el viento la haya querido apagar.

Como experiencias positivas de mi etapa al frente de Trabajadora, destacaría en primer lugar la continuidad y asentamiento de la revista, a pesar de varios intentos para su desaparición. A lo largo del tiempo, se han producido varios cambios de imagen, maquetación, numeración… Trabajadora ha aportado, de manera permanente, información sobre experiencias, intereses y necesidades laborales y sociales de las trabajadoras y ha denunciado sus situaciones de discriminación, evidentes en algunos casos y más sutiles en otros: acosos, violencia, discriminación salarial, techo de cristal, estereotipos, prejuicios, dificultades para el acceso a determinados niveles de representación… Ha extendido la concienciación sobre la desigualdad de género entre las propias trabajadoras, pero también en el conjunto del sindicato y en la sociedad española. Y ha tenido un lugar para la opinión de las mujeres trabajadoras y luchadoras anónimas sin las cuales ningún avance hubiera sido posible. También me parece importante destacar la unión y el crecimiento personal de las que compartimos tantos años en Trabajadora.

En cuanto a la Trabajadora actual me parece que ha mejorado en algunos aspectos, por ejemplo, en cuanto al formato pero, como todo, Trabajadora también es mejorable, y contando con que son apreciaciones personales, a mí me parece interesante volver a incluir secciones como “noticias breves” o “cartas a la directora”, que actualmente han desaparecido. Quizá también habría que redefinir secciones como las de “Sociedad” o “Investigación”, que según mi opinión, son excesiva- mente densas, retomando aquella idea originaria de hacer una revista asequible a todo el mundo y que resulte ligera y atractiva. En algunos casos, la elección del material gráfico, así como algunos de los diseños me resultan un tanto infantiles, esto quizás responde a un sentimiento muy arraigado en mí, me preocupa toda imagen que pueda infantilizar a las mujeres, comparándonos con menores y/o incapaces, un estereotipo bastante arraigado en nuestras sociedades.

Para finalizar me gustaría incidir sobre un par de ideas.

Para lograr la igualdad real entre mujeres y hombres aún queda bastan- te por hacer: primeramente conseguir que este objetivo igualitario sea común y trabajar para que se plasme en la acción conjunta de la ciudadanía, a todos los niveles y en todos los ámbitos sociales y políticos, con una imprescindible base de respeto mutuo, que me parece importante.

Esto es extensible a CC.OO., en ocasiones he podido comprobar que algunos compañeros y compañeras sólo perciben la desigualdad si tiene que ver con la propiedad de los medios de producción y sólo demandan la necesidad de una justicia social redistributiva, en términos de clase y no de género.

Reconozco que ha habido avances formales importantes pero la realidad es tozuda y de lo que estamos hablando es de desarrollar de forma real e integral el concepto Transversalidad, que significa aplicar un enfoque de género a todas las propuestas sindicales y no incorporar la palabra Mujer en todos los textos que desde el sindicato se elaboren. Significa profundizar para que los cambios no se queden en “lo políticamente correcto”. Para ello, CC.OO. debe seguir liderando desde el ámbito sindical esta lucha por la efectiva igualdad de género.

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