Josefa Ortega Espinosa

Nace en Escañuela, Jaén en 1932 y emigra a Valencia en 1952. Familia de afiliación comunista, con el padre y el marido presos en diversos periodos. Los varones protagonizaban la acción política y las mujeres se dedicaban a tareas secundarias y de apoyo. Tienen que marchar unos años a Francia. Su actividad sindical la inicia cuando entra de limpiadora en el Hospital la Fe de Valencia. Lucha por mejoras laborales para las limpiadoras, por igualdad salarial, por conseguir guarderías, y por la asimilación de los derechos con Sanidad, entre otras reivindicaciones.

Testimonio recogido y comentado por Nora Cavaccini en 2004.

«Yo soy hija de una familia de izquierdas», con este recuerdo comienza la entrevista de Josefa Ortega, cuya vida, relación y militancia en CCOO, se puede entender por supuesto a la luz de una activa participación política.

El padre era panadero y se hizo cargo del horno después de la muerte de un hombre con el que trabajaba, pero sin formalizar la propiedad porque, como Josefa recuerda, «nunca se hacían papeles en aquella época, todo lo que se hacía era verbalmente, la palabra de las personas estaba por encima de los papeles». Su padre trabajaba para mantener a una familia de siete hijos y además, durante la guerra, hacía pan también para las milicias. Era una persona «muy querida» pero, al mismo tiempo, «nunca fue un hombre de carné del partido» porque, en este sentido, seguía a la madre de Josefa, una mujer «militante» y comunista que procedía de una familia muy politizada: «…(mi madre) tenía tres hermanos, eran comunistas los tres, se fueron a la guerra, no volvió ninguno y a raíz de entonces pues […] [desde que] hemos sido pequeños hemos visto esa actitud, esa… esa situación en nuestra casa, claro”.

Josefa vivió su niñez en Escañuela, un pueblo de la provincia de Jaén, hasta el momento en el que su padre, confundido con otra persona, fue encarcelado. Aunque se trataba de un error y él estuvo en prisión por poco tiempo, cuando salió «no le daban trabajo»:

…ya tuvo que dejar el horno. Entonces tuvimos que salir del pueblo e irnos, no lejos, nos fuimos a Jaén y ya en Jaén pues hicimos una nueva vida. Mi padre se puso a trabajar en la obra, nació… nos nació un niño allí, en Jaén, el pequeño que tenemos, Manolo.

Es en este periodo cuando se intensifica la actividad política de su madre que, como otras mujeres en aquella época, ayudaba a los guerrilleros llevándoles ropa o comida, Fue mientras hacía esta tarea cuando, junto a su compañeras, fue descubierta por la guardia civil y desde ese momento detenida. En la cárcel, donde estuvo veintiséis meses, conoció a una mujer, Capilla, que había dado asilo a los guerrilleros y que tenía una casa que su marido había construido antes de morir. Como entablaron una ‘muy buena relación’, la mujer propuso a la madre de Josefa que sus hijos se quedasen en su misma casa: «No, no, tus hijos no se van a quedar en la calle, que se vayan a vivir con los míos. Y ellos eran ocho y nosotros éramos siete.» Por lo tanto, Josefa se encontró viviendo con una especie de segunda familia. Con ella se trasladaría a Valencia en el año 1952, porque en Jaén «no había trabajo suficiente», «la situación se había puesto muy mal» y la gente empezaba a decir: «No, no, esa gente son rojos, no hay que darles nada». Antes, cuando también su padre fue encarcelado a raíz de la detención de su madre, se puede decir que Josefa y sus hermanos se quedaron solos, viviendo en una familia prácticamente sin adultos. Sin embargo, aunque muy jovencitos, estaban ya acostumbrados al mundo del trabajo. Josefa nos cuenta en efecto que dejó de ir al colegio cuando era todavía una niña.

[…] Yo tenía 12 años. Entonces resulta que estaba en el colegio, era un colegio de monjas que pagaban… creo que no llegaba a 5 céntimos o a 10 céntimos por la estancia, ¿no? Y mi madre fue a decirle a las monjas: «Mire usted, que la niña no va a venir al colegio porque no, no podemos…» Y la monja dijo: «Ay, ¿pero cómo? ¿cómo es que la va usted a quitar ahora que la niña va muy bien que tal y que cual? Nosotros…» A aquellas mujeres yo les decía: «Es que mi mamá ha tenido un nene y tal». Y aquellas mujeres vinieron a ver a mi madre y le llevaron panecillos, le llevaron cosas, unas cosas le llevaron y no querían que me quitaran del colegio, pero yo me fui a cuidar a dos niñas que tenía un paisano nuestro […]. Y el colegio yo lo corté en muy corta edad. Mi hermana Isabel seguramente que fue muy poco también… En el pueblo nosotras, desde muy pequeñitas, hemos trabajado y luego, cuando nos vinimos aquí, pues ya, pues hacíamos limpieza. Luego [trabajamos] en fábricas. Primero estuve en una fábrica de seda, luego en una fábrica de bolsos. Ya Manolita [la menor de los hermanos Ortega], que era muy pequeña, […] también se vino con nosotros a la fábrica de bolsos […]

En Valencia, la familia Ortega recupera otra vez el contacto con el Partido Comunista y Josefa se casa con un chico de Jaén, José Cobo, que tenía dos hermanos en la cárcel:

[…] Estaban en la cárcel, mis cuñados. Fue cuando los cogieron a los maquis y que les echaron 30 años… algunos la pena de muerte y a mis cuñados les echaron 30 años, a los hermanos de mi marido. Y a partir de ahí ya mi marido y yo fuimos a ver a mis cuñados a la cárcel, allí en Burgos […].

En el mismo periodo salió de la cárcel un importante dirigente del PCE, Miguel Caballero; fue el que organizó en Valencia una célula del Partido con la familia de Josefa y, a partir de ahí, «nos organizamos», «hemos trabajado todos, toda la familia en el partido». Josefa, que había recibido ya una educación política -«mi madre siempre nos había inculcado que había que tener dignidad […] política, dignidad como personas»- puso su casa a disposición del partido, aunque la clandestinidad comportaba muchas precauciones.

…en aquellos momentos todavía cortaban cuellos. Entonces era miedo y unas precauciones que había que tener enormes, porque yo me casé y yo no le pude decir a mis amigas, ni a mis vecinas, ni a la gente de mi pueblo: «Venid a ver mi casa», porque ya de antemano de casarme, ya aquella casa estaba comprometida para recibir gente del Partido. Eran personas que no podían ir a un hotel, no se les podía identificar en un hotel. Entonces venían clandestinamente aquí y tenían que estar en una casa de mucha, mucha, mucha seguridad. Entonces vivíamos con esa cosa. […] En mi casa lo sabían todos, que había ese problema, que a mi casa no podían ir. Lo sabía mi padre, lo sabían mis hermanas, lo sabían todos.

En la clandestinidad, hombres y mujeres vivían compartiendo la misma preocupación, los mismos problemas. Sin embargo, en el Partido existía una diferencia sensible entre las tareas de los hombres y las de las mujeres, hasta el punto que Josefa habla de «tareas secundarias» para ellas.

Las mujeres las utilizaban más… pues para trasladar bolsos [ríe], trasladar maletas, llevar paquetes. A veces no nos decían todas las cosas, aunque las intuíamos, pero no nos las decían todas. En el partido también había mucho machismo […] [y] había siempre más hombres que, que mujeres…

Para una mujer, que casi siempre ya tenía «la tarea de la madre, de la esposa, de la casa», participar en la actividad del partido no era sencillo. Y además, como Josefa nos cuenta, era necesario tener buena formación política. Por eso muchas mujeres, aunque con dificultad, hacían cursos; siempre impartidos por hombres.

[…] Nos ayudaban en aquel momento a hacer cursillos políticos [y] mi hermana Isabel fue a un cursillo. Pero claro, con esa… con esa problemática de los hijos, que mi hermana para irse a hacer ese cursillo tuvo que dejar a los niños con otra hermana mía. En aquella época iban muchos hombres a hacer cursillos políticos. Que hacían mucha falta, porque podías tener muy buen corazón, muy buena voluntad de hacer, pero políticamente si no estabas preparado a la hora de la apertura, a la hora de… de la legalización, no te podías poner políticamente a discutir […] como algunos hombres que habían estado en el tema […].

Muchas veces las mujeres se veían obligadas a sacrificar su vida privada; tener o no tener familia condicionaba la militancia en el partido. Josefa, que tenía un marido de izquierdas ya detenido y que solo años más tarde adoptó dos hijas, recuerda muy bien la situación en la que se encontraban muchas compañeras.

[…] Casi siempre iban los hombres a las reuniones, que eso lo he visto yo, y las mujeres no han podido ir. […] Los hombres han participado muchísimo más en las reuniones, aunque la labor de la mujer ha sido muy, muy fundamental en el Partido. Hablo en el Partido y en los sindicatos también, en los sindicatos también. Yo he visto a las mujeres trabajar en los sindicatos con muchísimo ahínco y con muchas… con muchas ganas de hacer cosas. Porque luego la otra etapa mía fue el sindicato y yo […] en el ramo de la limpieza he visto cómo mujeres jóvenes, chicas jóvenes que tenían niños pequeños, pues han hecho un gran esfuerzo por irse a las reuniones y a las asambleas […]. La mujer tiene, saca mucha fuerza y saca tiempo de donde, de donde no hay, mucho más que los hombres […].

La militancia o participación en el partido facilitaba la toma de conciencia y la profundización en los temas y las reivindicaciones específicas de las mujeres, como el divorcio o el problema del aborto. Mientras, para los hombres, la educación intelectual se obtenía más frecuentemente en el paso por la cárcel.

[…] Varias personas hicieron una labor importantísima con los obreros que cayeron [detenidos y encarcelados] en aquella época. Aparte de tener una gran relación, hicieron su labor como maestros, enseñándoles… Porque mi marido dice: «Yo sé Física porque me lo enseñó Vicente, yo sé tal porque me lo enseñó Julio, yo sé cuánto porque me lo enseñó tal en la cárcel». Quiero decir, que la experiencia con los intelectuales fue muy buena con nosotros, muy buena. […] En las puertas de las cárceles estuvimos muy unidos, toda la gente, no importa que fuéramos trabajadores como que fueran intelectuales.

La gente detenida podía contar con la segura solidaridad de su compañeros de militancia. Josefa misma, que había ya puesto su casa al servicio del partido, durante mucho tiempo estuvo trabajando para ayudar a su marido y a otros prisioneros. Al principio trabajaba en una fábrica de bolsos, llevándose la faena a casa.

Entonces yo le dije a mi jefe: «Mira, me voy a ir. […] Me vendes la maquina, me la llevo a casa, te la pago con faena», que así fue, «y me llevaré la faena a casa». Y es lo que hacía: me llevaba la faena a casa y luego […] pagué la maquina de coser, que la había comprado mi jefe para mí.

Luego se fue a servir en una casa donde «mas fachas no podían ser», y sin poder decir que tenía un marido en la cárcel. Pero, como admite ella misma:

[…] Me daba igual trabajar aquí que trabajar allí. Entonces yo sacaba justo para llevarles de comer a Carabanchel, llevarles a ellos [los presos] todo lo que ganaba, por horas, lo llevaba, compraba comida y la llevaba a la cárcel.

Llegó un momento en que el partido dejó de necesitar la casa donde vivía Josefa y retiró la ayuda económica para pagar el alquiler. Obligada a dejar su casa, Josefa y su marido, que salió de la cárcel en el año 1963, emigraron a Francia, donde se quedaron hasta 1969. Allí siguieron con los contactos políticos y con la militancia.

Allí pues la casa también se puso a disposición del Partido, pero ya te digo, era una conserjería en la que yo trabajaba, mi marido trabajaba en su oficio y ya pues allí era la militancia, pues lo mismo, organizado, esperando que un día iban a legalizar el Partido y trabajando con la ilusión de venirse a España. […] Bueno, pues la misma, la misma faena de, de… No lo mismo que aquí, porque allí había más libertad para hacer todas estas cosas y acudir a las asambleas.

El contacto con la cárcel había favorecido las relaciones entre las mujeres que, fuera de la prisión, ayudaban a su maridos o simplemente seguían participando activamente en política. Josefa misma se va acercando al sindicato tomando contacto con algunas de estas mujeres: Amalia [Ribes], por ejemplo, que «trabajaba en CCOO» y que era «una mujer muy significativa en Valencia». Recuerda que entonces el sindicato no estaba todavía legalizado, la participación era voluntaria, y nos enseña una foto en la cual están reunidos muchos miembros de CCOO y UGT, «gentes de distintas ideas políticas y colores».

En el sector textil, como en el de la limpieza, donde Josefa había empezado a trabajar luego de su vuelta a España y precisamente en el Hospital La Fe de Valencia, muchas mujeres se iban organizando, leyendo e informándose. El sector de la limpieza, en efecto, era un «sector laboral feminizado» donde, como recuerda Josefa, «había muy poquitos hombres» que, sin embargo, recibían retribuciones más elevadas.

Había una descompensación económica en cuanto a que a los hombres siempre los han contratado. […] A los hombres, hicieran la faena que hicieran, siempre les han pagado más que a las mujeres, pero eso no solamente en este sector […]. Pues a los hombres se les contrataba para la… para cristales, como los cristaleros, o para chóferes de transportar, ya a última hora, las bolsas de basura […].

Entre el personal femenino y los pocos hombres que trabajaban en el sector de la limpieza no existía problema alguno para unirse en los conflictos. Y, siendo muchas las reivindicaciones, las huelgas sostenidas por mujeres no fueron pocas.

Nuestra primera reivindicación dentro del sector de la limpieza era entrar en plantilla en sanidad […]. Después de muchas luchas y de haber negociado por lo menos 4 o 5 convenios […], hubo muchas huelgas y muchas luchas porque se nos equiparara como mínimo al personal de cocina, a las pinches… a la gente de sanidad. Fue una lucha muy dura, porque no solamente tuvimos que luchar con… contra la patronal y contra toda aquella ‘desa’ que había, sino también con gente que no estaba de acuerdo, que las… sus contratas les hacían gracia.

Aparte del tema específicamente laboral, había otro tipo de reivindicaciones:

[…] Nosotros […] elaborábamos la tabla reivindicativa pues con 14 o 16 puntos y entre esos puntos siempre iba lo de las guarderías, lo teníamos muy claro siempre. Lo que pasa es que la gente de sanidad lo cobró y nosotras nunca cobramos nada por… por guardería. Las mujeres nuestras nunca cobraron nada por guardería, fue un punto que no entraron nunca.

La pertenencia a CCOO no perjudicaba las relaciones con otras mujeres; muchas veces, por el contrario, las afiliadas de Comisiones se encontraban junto a las de USO, buscando normalmente todas ellas una iglesia donde reunirse. «Hemos hecho de todo», subraya Josefa, y nos cuenta cómo, en la lucha, curiosamente se invertía la relación entre hombres y mujeres:

Los maridos nos llevaban la comida […] y se preocupaban, y iban a ver cómo quedaba la cosa. Sí, sí, una experiencia muy bonita… Eso no nos lo va a quitar nadie de que las mujeres estuvieron ahí en pie de lucha consiguiendo cosas, eso no nos lo va a quitar nadie.

No obstante, la consideración que Josefa tiene ahora es muy diferente de la del pasado. Tras la legalización y también por las tareas familiares, ella se llegó «a desligar de todo» y considera que ahora «el Sindicato se ha burocratizado». Sin embargo, no reniega del sentido de su experiencia ni de la importancia de seguir luchando, sobre todo para la democracia: «Yo estoy en la calle, porque es mi deber».

NORA CAVACCINI (2004)

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