Carmen Arjona Raigon

Carmen Arjona nace en Montilla, Córdova, en 1955, en una familia trabajadora que emigra a Valencia. Con 14 años trabaja en una peluquería y luego en una fábrica de confección, mientras continúa estudiando el bachiller. Inicia su actividad sindical y en 1973 ingresa en el PCE. Es Secretaria de Organización de la Unión Comarcal de L’Horta en 1978 y concejal por el PCE en el Ayuntamiento de Valencia en 1979. En 1987 vuelve a ser concejal por Izquierda Unida. Se considera feminista y ha trabajado por defender los derechos de las mujeres en el ámbito laboral y en el político.

Testimonio recogido y comentado por Alberto Gómez Roda (2003-2004).

Carmen Arjona procede de una familia «católica, apostólica y romana», muy comprometida y activa en la vida de la parroquia y del barrio de la Olivereta, en Valencia, aunque «no era de política». Tiene una tía monja y un tío cura, ambos por línea materna. Recuerda haber participado con sus hermanos en las actividades de la parroquia hasta los dieciocho años: cantaban en misa, tenían un grupo folk… Por una parte, «eran los únicos sitios en los que tenías [un lugar] para reunirte, para hacer otro tipo de historias». Por otra, era el medio social en el que empezaba «a contactar con otra gente, que está también trabajando en el mundo de Cristianos por el Socialismo y todas esas cosas». Este activismo, del que participaban su hermano mayor Rafael Arjona, que llegaría a trabajar con Dionisio Vacas en tareas de organización del sindicato en la primera legalidad, y su hermano Pepe, convirtió su casa en lugar habitual de encuentro para todo tipo de amistades. De ahí también que fuese ‘segura’ para reuniones políticas y que los concurrentes a las mismas despertasen las sospechas de su padre que, en cierta ocasión, sin mayores consecuencias, le dijo: «Yo he oído no sé qué, que a mí eso no me gusta. Si tú quieres acabar en la cárcel, acabas. Pero a mí y a mi familia, no». Al recordar su vida familiar hasta que se casó a los 21 años, Carmen Arjona la ve reflejada en la de los Alcántara de la serie televisiva Cuéntame. La familia emigró desde Montilla, provincia de Córdoba, a Valencia en el año 1962. Carmen tenía entonces nueve o diez años y era la segunda de cinco hermanos. Un sexto hermano nacería ya en Valencia. Era una familia trabajadora y, desde muy temprano, Carmen conoció el esfuerzo constante del trabajo doméstico de las mujeres para sostener la casa y el reparto de funciones de género que a la mujer asigna el papel de ‘cuidadora’:

Mi familia es… una familia trabajadora, o sea que no… Mi padre era administrativo en una empresa de muebles y mi madre es la típica ama de casa que además de ama de casa con seis hijos, pues… cosía en casa y toda la serie esta de los Alcántaras estos […]. Pues eso. Mi madre allí cosiendo como una fiera en casa, mi abuela cosiendo, porque mi abuela se vino de tres o cuatro años después […] y, bueno, pues yo recuerdo siempre verlas tiqui, tiqui, tiqui, tiqui, cosiendo. Y, por supuesto, en la medida en que yo fui creciendo, pues también a coser y a no sé qué, y a ayudarles y a… Es la familia típica de estar las mujeres «ayudando», «ayudando» [en sentido irónico], y, bueno, pues si no fuera muchas veces por lo que mi madre «ayudaba» [en tono de sonsonete, insiste en la ironía) […], no sé qué habríamos comido. Pero vamos, quiero decir que se ha vivido en casa pues el que las mujeres pues no teníamos que… O sea, yo soy la segunda, de los seis hermanos soy la segunda. Entonces, soy la primera chica, entonces soy la mayor de los… ¿eh? Pues es [a] la que más [se] utiliza por aquello de la prolongación de la madre: cuida a los niños, ayuda en la casa, ayuda a cocinar, ayuda a no sé qué. Entonces, pues ese es el ambiente en el que me crié. Por lo demás, mi llegada al mundo sindical pues viene por el trabajo. Y empiezo a trabajar con catorce años, a punto de cumplir casi los quince. Pero con catorce años empecé trabajando en una peluquería […]. Ahí estuve no sé si fueron dos o tres años y así yo me saco el bachiller superior, hasta sexto y en COU lo dejé porque me casé ese año. luego, ya de mayor [vuelvo a estudiar], claro, yo empiezo a estudiar de mayor, ¿no?

Su temprana incorporación al mundo de trabajo no interrumpe, por tanto, su formación reglada. Solo abandonó los estudios al final de la enseñanza secundaria, en COU -Curso de Orientación Universitaria-, al casarse. Su primer trabajo en una peluquería durante dos o tres años fue una prolongación de ese ‘ayudar’ a la economía familiar. Dos breves episodios laborales se suceden posteriormente hasta su estabilización en una empresa textil. Carmen presenta esta sucesión bajo el signo de la rebeldía, a la figura paterna y a los procedimientos de selección de personal:

…cuando acabo la enseñanza básica, que es lo que toca, pues empiezo a ayudar en casa y me buscan el trabajo en la peluquería de una amiga de mi madre, y empecé a trabajar ahí. Pero a mí me gustaba pues, un poquito más de guerra y más de cosas de esas y… pues empiezo a trabajar con mi padre en una fábrica de maderas. Pero a mí eso no me parece nada bien, por estar relacionada con mi padre. Y bueno, al final empiezo a trabajar en Feycu, la empresa que está ahí en Xirivella. Pues ahí estuve los… no sé cuánto tiempo duraba la escuela, seis meses o no sé cuánto tiempo que… Entrabas primero en un programa de formación de ellos, y no llegué a superarlo, claro, porque te hacían unas pruebas de… para irte midiendo la competitividad y que tal: «¡Ay!, la mejor del día ha sido ésta, que ha corrido más que la otra, y ésta…» [adopta una expresión ñoña]. «¡Esto es una tomadura de pelo!» Nada, bueno, las que estábamos allí.. Allí ya es donde empecé a conocer a gente del MC [Movimiento Comunista] del no sé qué, del tal, les boicoteamos.. ¡Vamos! armamos un lío estupendo y fuimos a la calle todas tan ricamente […] No superamos el periodo de prueba. Al tiempo del contrato de prueba fuimos a la calle. O por lo menos yo, y no recuerdo, recuerdo que alguna más, pero no, ¡vamos, no te podría decir! Y de ahí entonces paso a una empresa de textil que es ésta, que es Sadim […], Sociedad Anónima de Difusión de Moda, que era una empresa de camisería.

En esta última empresa surge ya la Carmen Arjona sindicalista, y esta militancia precede en su caso al compromiso político unívoco y orgánico, que recuerda asociado en el tiempo al mismo matrimonio que, según nos dice, interrumpió sus estudios:

Yo me casé en marzo, pues ese año, pues un poco antes. O sea, yo ya me había reunido con gente y sí que estaba haciendo cosas. Pero así de decir «Vale, contad conmigo», no. Yo colaboraba con gente de la Liga [Comunista Revolucionarial], con gente del MC y con gente del PCE. Que no, no había decidido todavía mi militancia política, no era… Estaba la cosa sindical que era lo que me gustaba.

La militancia sindical entre las compañeras de trabajo de la empresa implicaba para ella una labor de pedagogía solidaria por la autonomía de la mujer. En aquellos años, era habitual entre las jóvenes obreras no tener otro horizonte vital que casarse, cobrar la dote y abandonar el trabajo en la fábrica para pasar a depender económicamente del marido, dedicarse a tener hijos y cuidar de la casa y la familia:

…el gran trabajo que teníamos allí era precisamente el tener con las mujeres ese, esa toma de conciencia de decir: «Que no mujer, que es que es tu trabajo, es tu vida, tú te tienes que casar pero que no hombre, que tú dile a tu colega que si te quieres… trabajando tú y que no es que tú le ayudas, es que mientras ..»

El esfuerzo de Carmen por compaginar el trabajo con el estudio abría la posibilidad de un proyecto de vida autónomo como mujer, que la mayoría de compañeras de trabajo no compartía ni comprendía:

Y era aprovechar cualquier circunstancia para, para plantear tus derechos como persona, la situación del país, el no sé qué, el tú por qué no has estudiado y yo que estoy estudiando por la noche; porque yo salía de trabajar y me iba a estudiar por la noche, ¿no? «Tú estas loca, y ¿por qué estas estudiando?» «Pues porque tenemos que superar…» Era eso, el trasladarnos estas historias. Porque, claro, las mujeres que estábamos en fábricas pues éramos básicamente carne de cañón de… de eso, de buscar novio y casarte y a criar.

Como la mayoría de mujeres que, en un momento de gran intensidad y rapidez del cambio social y político, convierten su vida en una militancia, Carmen sufrió con su primera pareja los problemas de lo que hoy llamamos conciliación de la vida laboral y familiar, el sentimiento de culpa y de crisis de identidad por la quiebra de la asignación tradicional de roles de género, en la privacidad y en la vida pública. Su incorporación con 21 años a la militancia política orgánica en el PCE precedió en pocos meses a su matrimonio. En 1979, cuando Carmen tenía 24 años, decidieron tener descendencia. En aquel año, el Partido Comunista quiso aprovechar el ‘tirón obrerista’ que podía tener su actuación como Secretaria de Organización de la Unió Comarcal de L’Horta de CCOO PV, y la situó en el puesto sexto de la candidatura del PCPV a las elecciones municipales por Valencia. Carmen dice que no esperaba ni deseaba un cargo en la política institucional. En caso de salir elegida, su intención era aprovechar el parto para justificar la renuncia y su vuelta a la actividad sindical. Pero el nacimiento de su hija en agosto de 1979 coincidió con el escándalo de la expulsión del primer alcalde socialista de la ciudad, Martínez Castellanos, y su sucesor Ricard Pérez Casado le pidió que continuase en la política municipal como concejal. La carga de trabajo que desde ese momento tuvo que asumir Carmen afectó a su vida conyugal de modo irreversible, hasta provocar la separación al terminar la legislatura municipal:

Y lo empiezas a digerir pues mal. Mal, porque, pues, eh… es un trabajón, claro. Esa primera etapa municipal, en la que está todo por hacer, en la que estás metida hasta el cuello, en políticamente, en el Ayuntamiento, tu familia, tu hija… Pues yo recuerdo un día que yo me sentí muy mal. Tenía a una persona que cuidaba a mi hija, que iba por la mañanita, le daba la lechita… Es que yo salía de casa “a escope-tà de lladre” y casi es que vive ya mi hija, ¿no? Y recuerdo ese día, una mañana, de darle la leche a mi hija y decirme mi hija: «La lechita tú no, Malelín» [con voz de niña], que era la señora que la cuidaba y… Y lloré de la leche, ¿no? Y con mi com-pañero, que muy bien, pues si mi hija estaba enferma, la… -él era médico; vamos, sigue siéndolo, mi ex es médico. Pero la niña tenía un dolor de garganta y él sería médico, pero es que: «¡Es que tiene fiebre!…» O sea, tú eras la que tenías que… O: «¿Qué le pongo mañana?» «¡Pero si está en el armario!» Esa organización, desde luego, siempre Y ya te digo que mi compañero en ese sentido fenomenal y ahora, vamos, que ya habrían querido muchas tener así un nivel de colaboración como la teníamos nosotros. Pero a la hora de la organización de la casa y del tal, finalmen-te era tuya. El cómo empiezan a reprocharte el que no estás, el que «¡Claro!, él…» Nosotras hemos tenido años de estar acostumbradas a ser las «sombras de…» Ellos son los importantes, y tú estás ahí, y el tal: «¡Fíjate, qué estupendo es mi marido! ¡Qué líder es, que llegal…» Entonces: «Fíjate, es que claro, no limpias nada la casa». «Es que claro, es que la foto…» «Es que el no sé qué.» «Es que se lleva mal el que ya no eres fulanito, sino `¡Ah!, ¿que tú eres el marido de?..:» Eso también empieza a afectar terriblemente, claro. Y tú empiezas a tener una conciencia, unas sensaciones de culpa, de «yo soy la que estoy destrozando la familia…»

Carmen Arjona presenta su historia de militancia sindical y política como una derivación natural de su carácter contestatario siempre, sin experiencias difíciles ni decisiones dramáticas que marquen su trayectoria. Es la Carmen de la anécdota del `Carmensito malo’:

Así como ha habido mujeres que efectivamente han tenido una trayectoria de lucha, de encontrar situaciones muy difíciles de trabajo, del tal, yo lo he vivido todo mucho más dulcito, ¿no? Y sobre todo muy integrado a mi concepto de vida del cómo… del cómo yo personalmente he enfocado siempre hasta mi vida en la fami-lia O sea, yo de pequeñita -esto es una anécdota-, yo me llamo Carmen. En An-dalucía te decían ‘carmencita’, en diminutivo, cuando era más pequeña, `Carmensita’. Y mi madre decía: «¿Ésta, una carmensita? No. Esta es un Carmensito malo». Porque se ve que yo era… Decían que tenía muchos…, a la manera de decir que era una persona con carácter [.. ] «¿Ésta? Ésta no es una tarmensita es un Carmensito malo». Y después ya, al ir creciendo y el tal, pues eso, el hermano mayor empieza a trabajar también, el no sé qué, llega el sábado que no trabajas, hay que hacer limpieza en la casa y el chico pues, como que es el chico, se quedaba descansando y yo, la chica, como que era la chica, sí que tenía que limpiar y ayudar a no sé qué, y claro, yo decía que tururú, ¿no? «¡Con la Pasionaria que me ha caído a mi en castigo, no sé qué!» O sea, mi madre me decía lo de «la Pasionaria» así como tocándome los hígados. «¡Dios mío! ¡Qué cruz me ha caído encima! ¡La Pasionaria que me ha salido aquí!» Entonces, me acuerdo cuando mi madre se enteró ya de verdad, que, vamos, formalmente, que era del Partido: «Si ya lo decía yo, si ya lo decía yo. ¡Ay, Dios mío, qué vergüenza, tener una `roja’ en la familia!» Porque la pobre se enteró a partir de ver mi nombre escrito en unos carteles para un mitin de… pues cuando la Constitución, para la campaña del voto a la Constitución. En el referéndum de la Constitución, pues se hacen las campañas y tal, y bueno, la mujer lo tenía clarísimo: «¡Qué vergüenza! ¡qué vergüenza!» Pero se fue al mitin a verme, allí subida en el camión, echando el mitin, o sea que… Y luego después venía a verme a todos los que podía, pero vamos… que esa era una anécdota que mi madre me decía. Entonces, yo siempre he sido como muy contestataria, ¿no? Como muy vitalmente, muy de esa, de esa historia. Entonces, no tengo conciencia de haber hecho nada, nada especial, ¿no? No he aportado nada así, importante, rompedor, en el trabajo sindical, ni por la etapa ni por las condiciones de… Claro, yo he convivido con compañeras que se las han pasado bien canutas, ¿no? Y entonces sí que me parece que son historias de mucha fuerza, ¿no? Entonces, yo mi trabajo después en el Sindicato, pues es ya muy burócrata.

En Sadim, Carmen vivió sus inicios como joven mujer sindicalista en una empresa, anterior a su plena incorporación a tareas orgánicas de CCOO tras el congreso de 1978. En esta empresa entró como oficiala y como tal fue elegida enlace en las elecciones sindicales de 1975. Promocionó a la sección de muestras y modelos y, al cumplir veintiún años, le propusieron ascender a encargada de la sección de montajes. En aquel momento se le planteó la obligación de renunciar a la representación como enlace de las oficialas por cambio de estamento laboral dentro de la empresa. Este cambio solo podía eludirse mediante el acuerdo de las representadas, en este caso las oficialas, que suscribieron en asamblea la continuidad de Carmen como su enlace a pesar de su ascenso a encargada. Ello no evitaría que de las funciones de supervisión asumidas en su nueva categoría surgiesen tensiones. Llegó a ser elegida vocal provincial del textil en el sindicato vertical, antes de su disolución en 1977.

La plantilla de la fábrica no llegaba a los cien empleados; mayor número obligaba a disponer de ciertos beneficios sociales como un comedor de empresa. Eran hombres los directivos y también algunos de los trabajadores de secciones como la de corte o la de montaje de camisetas. Pero el resto eran mujeres y también los mandos intermedios, las encargadas de cadenas. Las condiciones para la acción colectiva dentro de la fábrica eran peculiares porque «la mayoría de chavalas eran menores de edad o muy crías», y había que hablar con sus padres:

Entonces había padres que eran estupendos, porque tú ibas a hablar: «Oye, que es que tenernos que hacer un… presionar porque… para que nos mejoren las condiciones de trabajo, porque no sé qué». Y te encontrabas con padres que ya a su vez ellos estaban metidos en tal y «No, no, sí, si yo a mi hija la animo y el tal y el cual y dónde, si tenernos que firmar algo autorizando a que mi hija haga la huelga, la autorizamos», ¿no? Y otros, pues que era un marrón el ir a convencerlos de que estaba muy bien que su hija ese día no trabajara, y que la dejaran, y que no sé qué porque las… Pues muchas chavalas es que tenían miedo a lo que las familias dijeran o a lo que los padres las… Y bueno, la verdad es que en esa época esta empresa estábamos un equipo de delegadas estupendas. Había una chavala del MC, estaba yo, luego había otras que no eran de ninguna organización.

Aquel ‘equipo de delegadas’, enlaces sindicales, no funcionaba como ‘comisión obrera’ en la fábrica. Carmen Arjona recuerda paros por cuestiones económicas, de productividad, valoración de puestos y promoción, etc. Pero también por problemas de seguridad e higiene en el trabajo, como la instalación de aire acondicionado o la retirada de una partida de tela sospechosa:

Bueno, yo me acuerdo la última ‘meneata’ que montamos antes de irme yo de allí fue porque… Por una cuestión de seguridad e higiene en el trabajo. Llegaron una partida de tejidos y llevaban… Aparece de pronto, al sacar el rollo de tela, pues aparecen unos huevitos de algo, algún gusanito que fuese… Inmediatamente, pero sin encomendarse ni al empresario ni al nada: «¡Oiga, venga aquí, esto es intocable! ¡Que desinfecten, nos vamos a presentar una denuncia! ¡Todo el mundo fuera de la… -pero eso, así- fuera de la fábrica!» Y allí todos callados, y nos fuimos, y hasta que no desinfectaron estuvimos tres días sin ir a trabajar, porque allí no tocaba nadie, no nos fuera a pasar algo.

En 1975-76, Sadim era una empresa catalana que respondía a una cultura de gestión empresarial más moderna de lo común en el textil valenciano. Nos cuenta Carmen que en cierta ocasión el gerente le dijo: «No, es que nosotros lo tenemos, muy muy claro: esto es una cuestión de tiempo, y tenemos que prepararnos para lo que se nos viene». Es decir, que sus directivos sabían que tendrían que aceptar la presencia en la fábrica de los sindicatos de oposición al franquismo. Carmen había tomado contacto con CCOO por medio de una chica de oficinas que era del MC:

…las empresas estas eran muy duras aquí en Valencia. Y en cambio éstos [de Sadim], pues, como los dueños eran catalanes y… y tenían otra, otro… Yo recuerdo eso, pues, cuando salí de delegada, aquel día me dijo: «No nos vamos a engañar. Sabernos perfectamente de qué va. Usted está en CCOO y por eso está aquí, claro». «¿CCOO? ¿qué es eso de CCOO? ¿de qué…?», claro yo.. «Mire, si es que esto es así, señorita Arjona. Esto ya nos lo sabemos que es así. Lo que no nos gustaría nada es que además estuviera metida en otras cosas. Pero sabemos que no. De todos modos, mire, ¿ve?, estas son las listas que figuran en el barrio y usted está en ellas, o sea, bueno -las listas aquellas que circulaban en el sector textil. Pues aquí nos han dicho las personas con las que tenemos que tener cuidado, porque esto nos lo han mandado directamente del Sindicato, porque sí que la han visto a usted con fulanita y con menganita, que esas sí que están fichadas», ¿no? Entonces esto ya ves, es del año 75 y 76 y todavía funcionaban estas historias. Que ya te digo, yo las cojo muy de refilón…

Lejos del enrocamiento antisindical de otros empresarios locales, en Sadim tenían una actitud favorable a la negociación en la gestión del personal y, en un contexto de duras condiciones de trabajo en el textil, en Sadim mejoraban las de otras fábricas del sector en Valencia como La Señera: «Tú, ¿cómo has conseguido que paren? ¿cómo habéis conseguido que paren -a las que estábamos allí delegadas- si estáis por encima de…?» «Pues, porque si vosotros subís, nosotros reivindicaremos, que nos vuelvan a subir a nosotras…»

Carmen Arjona recuerda la militancia sindical entre las compañeras de trabajo como una forma de fomentar la responsabilidad común y la solidaridad. Las reuniones tenían lugar en domicilios particulares porque no había descuento de horas sindicales como ahora, ni ocasión o lugar para las asambleas. Se introducían temas de reflexión a partir de los problemas laborales y personales más inmediatos: el embarazo, los malos tratos, el aborto, la dote y el abandono del trabajo para casarse, los estudios… La politización solo alcanzaba a una minoría, mientras que la mayoría seguía en sus vidas las prácticas tradicionales. Carmen explica su contacto y vinculación a CCOO y al PCE como el resultado de una búsqueda de la capacidad de respuesta y criterio que distinguía a las mujeres que estaban organizadas:

…mi militancia en CCOO, pues eso. Viene a través del contacto de la gente que trabajaba en el vertical, ¿no? A partir de la gente de la empresa, pues ya contacto con la gente que está en el vertical y, bueno, pues ahí es donde ya conozco a gente de… Pero yo ya conocía a gente del MC, que era lo que había en la empresa, ¿no? Ya conozco a gente del PCE, a gente de la Liga, a gente del FRAP, y ya a toda la gente que estaba en CCOO… y después iba buscando a ver qué… Porque te das cuenta de que tú veías la diferencia de las que tenían doctrina, o sea, de las que estaban organizadas y el tal, y eran las que te iban marcando la… Y tú que ibas un poco pues buscando el… el criterio, y con quién te sentías más cercano, y con quién te parecía que era más lógico lo que planteaba, ¿no? Entonces, pues, por ahí y por el Instituto, contacté con gente del Partido Comunista. En concreto, pues un profesor del Instituto que era de mi barrio, que yo conocía a su mujer, del barrio también y, bueno, aquel… pues eso, que tú te ves que coincides, que no, sé cuánto. Y hablando con él, pues nada, es el que me contacta con gente de la Junta Democrática, el profesor este. Y él sabe perfectamente que yo estoy metida en el tal, y bueno, es con la gente que yo ya contacto, con la gente del barrio del Partido, sin saber en ese momento todavía que eran del Partido, porque la cosa es la misma, ¿no? Y sí, son las dos vías por las que yo contacto con el mundo, con el mundo político, y a partir de yo irme reuniendo con todos los que podía, sea reuniones de CCOO que hubieran a nivel tanto de textil como a nivel ya de otras que se hacían, de las interramas.

De la misma manera que Carmen afirma haber conocido ya solo ‘de refilón’, como símbolo de un franquismo antiobrerista, las ‘listas negras’ que el sindicato vertical hacia circular entre los empresarios, tampoco conoció al PCE de las células de la clandestinidad, sino al de las agrupaciones posterior a la Conferencia de Roma de julio de 1976. Por su activismo sindical en el textil, Carmen conocía a muchas mujeres del MC. Junto a la trotskista LCR y al FRAP, el MC era uno de los grupos políticos de la ‘izquierda radical’ que pretendía representar la «alternativa revolucionaria a un PCE reformista», dispuesto a pactar con la burguesía. Carmen explica que vinculó su militancia sindical a la opción política ‘reformista’ por considerar que esta era más acorde «con las cosas que yo hablaba con la gente en la fábrica»:

Yo, si a la gente de la fábrica le pueda estar diciendo por qué quiero seguir trabajando, por qué quiero estudiar, por qué no dejo que mi padre me mangonee la vida, y lo comparto con ella, y el no sé qué, y yo… Pero a ésta… ¿cómo le voy a decir ahora aquí la huelga general de la rev…? ¡Claro, yo aquello!… Habían cosas que me quedaban muy lejanas, y entonces, en el discurso yo me sentía más cercana a lo que en esos momentos estaba planteando la gente del Partido Comunista que a otros conceptos más así, más… que yo los veía más abstractos y menos, menos tratables, ¿no? […]

…Es que yo realmente no he hecho nada de interés en el… O sea, vamos a ver, de interés, pues como otra más. Quiero decir que, que haya sido vocal provincial en el sindicato vertical y que haya estado en la empresa esta y no sé qué, es que, como yo lo he vivido tan integrado, tan normalizado, no he tenido conciencia de ser una revolucionaria, que está…

Lo cierto es que Carmen Arjona recuerda que, al ponerse a disposición del PCE, poco antes de su legalización de abril de 1977, pronto se encontro «muy posicionada» en la «oficialidad más oficial» del PCPV:

Cuando yo decido entrar en el Partido Comunista, pues a nivel de allí del barrio, y del tal, «Ah, ah, ya veo…» Y pasaban los días, y no contactaba con nadie. Yo me fui al despacho de Carlos Alfonso y digo [con voz enérgica]: «Oye, ¿con quién tengo yo que hablar para formalmente entrar en el Partido?; porque allí aquellos del barrio me tienen hasta el…» «Pues mira, esta tarde van a venir César Llorca y Salvador Boils y… ya les digo yo, y te los presento, y ellos ya que te…» Y entonces me presenta a estos dos. Mira, pues ya ves, en ese momento de los más jefazos, ¿no? No te lo pierdas. Yo me acuerdo que es cuando, a poquito ya de entrar en el Partido y el tal, ¿en que asamblea es? [pensando], una de CCOO… […] Que, pues eso, mis amigas del textil, tal, Cristina [Piris], la gente del MC, yo tenía muchísimas amigas de… en CCOO, de la gente del MC, ¿no? Y aquellas, que me ven ahí llegar, con… vamos, con toda la plana mayor del tal… «No, si es que me he hecho del PCE». «Joder, tía, pero además con lo peor, no sé qué, tal.» Me estaban viendo con los que en ese momento estaban estructurándose como, objetivamente luego lo fueron, los popes: En aquel momento no lo eran, porque estaba desestructurado, pero estaba claro que eran los que mandaban, eran los que movían los hilos del movimiento obrero en el, en el Partido, ¿no?

Nos dice Carmen que, nada más legalizarse el sindicato, se marcha de la empresa y se dedica a recorrer fábricas para afiliar trabajadores a CCOO. En el PCPV entra de la mano de los que dirigen el movimiento obrero de CCOO desde el Partido, y en el sindicato asume las funciones de Secretaria de Organización de la Unió Comarcal de L’Horta, a partir de la constitución de la Confederación de CCOO del País Valenciano en 1978. Inicia un rápido ascenso en la estructura del PCPV hasta que, entre 1979 y 1982, abre un paréntesis en su actividad sindical para dedicarse a la política munici-pal. Carmen explica esta intensa etapa de entrega a la puesta en marcha de la estruc-tura sindical en UHorta desde el punto de vista de su pertenencia al ‘aparato’; que no excluye cierta actitud contestataria cuando advierte dinámicas políticas que amenazan el espíritu unitario que había animado a las CCOO originarias:

Yo entro en el Partido en abril. A los dos meses me meten en el… de apoyo al responsable del Movimiento Obrero del Distrito. A los ocho meses estoy en el Comité Local, y al año y pico, estoy en el Comité Central del Partido [Comunista] del País Valenciano. Llevaba una carrera brillante, pero porque voy de la mano de que si «La xiqueta, ¿qué? ¿qué tal?» Y bueno, y a partir de ahí, pues una ya empieza a ir tomando sus criterios también en esas guerras tremendas, ¿no? Porque tú cuando… Yo, cuando entré, tú vas a lo que ibas, a luchar, a no sé qué… y te vas viendo las guerras de qué van, del no sé qué… Y además tú vas… tú entras de la mano de la gente y tú la quie… le tienes un afecto de lucha, de trabajo, del tal, y tú no sabes lo que están discutiendo por allá, ni quienes son los ‘Carles’; ni quienes son los ‘Banderas no se qué’, ni los ‘Banderas no sé cuántos’. Entonces, hasta que te vas enterando de la vaina y empiezas a tomar posiciones, pues claro, pues pasa un tiempo… Y ese tiempo es el que yo estoy, claro, absolutamente en ese momento ligada a la oficialidad, como decían algunos. No oficiosa, no oficialista, contestataria, pero tampoco es que tragara con determinadas cosas, siempre he tenido el sentido muy unitario. En mi trabajo en CCOO por ejemplo, mis grandes peloteras con los compañeros del PC era eso, de que era el barrer, barrer aquí y a los minoritarios… [al decir la frase representa un afán de avaricia, de acaparar] «¡oye, ¡oye! ¡oye! que yo he trabajado con esta gente y yo les he conocido a ellos antes que a ti. Y sí que, quiero decir, y esta gente tiene su público… tiene su gente y su trabajo. Y además es que hay que sumar y no restar, y a ser posible multiplicar y nunca dividir». […] Es lo único, vamos, que me puede salvar de esa época así de ‘aparatosa’ que he tenido. Que, desde luego, siempre he luchado por dar siempre, mientras más posibilidades de juego, mejor; y que hacíamos falta todos. Ahí sí. Pero claro, dentro del PC he tenido mis épocas de ‘mala bestia’, claro, como otros muchos. Y después, de lo contrario: sufrir la máquina y sufrir en mis carnes el aparato. Pero vamos, he tenido mi época gloriosa de ‘aparato chungo’…

En 1982, Carmen Arjona abandona la política municipal y vuelve a CCOO, esta vez para trabajar durante cuatro años con Alberto Guerrero en la Secretaría de Acción Sindical. Se dedica a «organizar a la gente que está en el mundo de las cooperativas, de las sociedades laborales», con la creación de despachos de asistencia para las empresas de este tipo. Se ocupa asimismo de la negociación colectiva en los sectores más desestructurados sindicalmente: peluquerías, limpieza, tintorerías, oficinas y despachos, etc. En 1987 vuelve a la política como cabeza de lista en la candidatura de Izquierda Unida. Cuando le preguntamos por la relación con los compañeros varones del sindicato, recuerda la contradicción que se daba entre el discurso público de defensa de los derechos de la mujer y la vida privada de pareja de muchos de ellos, aunque «no más que en el resto de la sociedad». El lenguaje sexista en las reuniones internas era un reflejo del paternalismo y desprecio con que, en más de una ocasión, se abordaba tanto el trabajo de las compañeras sindicalistas como los problemas específicos de la mujer obrera. Si este era el machismo que se respiraba en ciertos ámbitos de decisión del sindicato, a pesar de la relevancia de la afiliación femenina en determinados sectores, mayor aún era el choque que se producía en los lugares de trabajo más masculinizados:

Yo recuerdo cómo me llamaba la atención, es decir: «el Partido Comunista, el partido de la mujer», «CCOO, la lucha por la mujer», y todo eso… En los discursos, en los papeles, y el tal, quedaban muy bien, pero luego tú veías la vida de las personas y entonces veías: ellos los dirigentes, los no sé qué, no se cuánto, [en cambio] las señoras, las sufridas que cuando estuvieron en la cárcel iban a buscarse la vida, y a criarse a los hijos, y ellas [eran también] las que se quedaban en casa cuidando a los niños, y ellos estaban ‘haciendo sindicalismo’ y, cuando ya estaba legalizado, pues estábamos haciendo reuniones y, cuando acabábamos las reuniones, pues se iban de fiestecita porque estaban agotados de estar todo el día trabajando, y como ellas ya estaban cuidando a los niños. ¿sabes?, O sea, el compromiso con la compañera… Y bueno, pues anécdotas de malos tratos o del no sé qué las puedes encontrar en todas las tipologías de personas, eso esta claro. En ese sentido, no creo que aquí sea mas especial que en otros sitios. Pero desde luego, no había, o sea, no creo que hubiese maltratadores. Alguno habría, pero quiero decir, no había personas… Pero, desde luego, el prototipo machista clarísimo. Y con las mujeres del Sindicato, pues igual. Formalmente sabían que estabas allí, que tenían que tal. Pero, para que te respetaran, pues estábamos en la misma de mi madre con lo del ‘Carmencito malo’, había que demostrar que tenías más huevos que ellos, [lo dice con rabia] claro. O sea. tú tenías que dar el puñetazo más fuerte en la mesa, dar el grito mas alto y demostrar que es que tenías muchos ovarios, ;no?, es que… [susurra] mas cojones, claro. Pero como si eres ‘un coñazo; es que eres un tal, si eres ‘cojonuda’ es que eres estupenda [ríen], y el lenguaje este de la zorra v el zorro…

Los hombres, pues había algunos bien y otros francamente ‘machirulos’, insoportables. Y claro, imagínate la experiencia de ir a las fabricas, ¿no? Yo me acuerdo de ir a Astilleros, a Rente, a no sé qué, y salías de allí “¡Ay, Dios mio, que fuerte! ¿no?» Yo, en el periodo este de la… nada mas legalizar el Sindicato, que yo me voy a… Bueno, yo en ese momento me voy de la empresa y empiezo a… me están pagando el paro y empiezo a trabajar por CCOO con mi motito, de polígono en polígono, a las fábricas, a esas horas del almuerzo, a afiliar a gente a CCOO… No te lo pierdas, fenomenal, a la hora del almuerzo con la moto de fábrica en fábrica, así, que te podían haber dado un par de hostias y dejarte en el sitio, ¡qué inconscientes! ¿no? Pues nada, yo me iba tan contenta y tan feliz, y me iba a hacer estas cosas. Y, pues claro, tú notabas cuando había… el hecho machista estaba ahí siempre. O sea, que te dijeran el, el simpático decir: «Mira ésta, mucho mitin pero no sabrá freír un huevo». ¿No? ¿Para qué quiero yo freír un huevo? Si estoy hablando de sindicatos, no estoy hablando de tortillas. O sea, que.. O el que dijera: «¡Eh, mira! que vamos a ver qué dice ésta, que tiene buen culo, que tiene…» Esas cosas te pasaban. Y por el contrario, también había muchísima gente que no permitía, o sea, que directamente había compañeros que le echaban la bronca al que dijera eso. O sea, yo he vivido, a ese nivel, todos los he vivido: desde el salir sofocada de una historia, a encontrarme hombres que… Pero, como concepto de funcionamiento, pues machista, era una sociedad machista, y lo es, y culturalmente cada vez esta peor visto, pero… Entonces, entre los mas ‘progres’ parece que no, tal… Pero luego, cuando rascabas un poquito en el comportamiento íntimo, pues evidentemente las relaciones eran tremendas.

Nos preguntamos inmediatamente por la capacidad del sindicato, en los momentos de su incipiente constitución, para representar efectivamente a las mujeres trabajadoras de la base. Y sobre la solidaridad entre ellas en el mundo asociativo, político y sindical. Carmen nos cuenta que nunca militó en grupos feministas porque “estaba todo más fragmentado» y dedicarse al ámbito laboral excluía por falta de tiempo otras militancias. Aunque desde el movimiento de mujeres y grupos feministas buscaban a las sindicalistas, existía a su modo de ver inicialmente un cierto rechazo:

Entonces, había mujeres dentro del Movimiento Feminista y tal que nos buscaban para engancharnos, para poder llevar un trabajo juntas y podíamos coordinarnos. Y había por otra parte mujeres del Sindicato que nos parecía casi a veces que era perder un poco el tiempo. […] «Bueno, dedicaros a las ‘chicas de la casa’ que yo me dedico a lo de las ‘chicas de la fábrica’». Entonces también se daba esa contradicción. O sea, el que las mujeres que estábamos en el Sindicato éramos un poco así como más, más brutales en la lucha de nuestro derecho, más como que… que éramos más fuertes, porque estábamos ahí peleándonos, en el día a día, con el tío, en el espacio sindical […] Pero bueno, cuando había momentos importantes sí que estamos todas, y sí que ante congresos, ante el tal, pues cada vez también íbamos siendo más conscientes. En la medida que ya se empieza a legalizar el Sindicato, que se empieza a estructurar, pues también te das cuenta de que, efectivamente, pues aquí hay que unir todas las fuerzas de las mujeres que no estamos para que unas se dediquen a unas cosas y otras a otras, tú a las cosas de las chicas’ y yo las cosas del tal, ¿no? Pero también creo que ahí se producen debates muy importantes en esos años del setenta y… 74 al 80, por ahí, son unos años duros.

Había muy pocas mujeres en los órganos de dirección del PCPV. Nos dice Carmen que los dirigentes tenían sus cuotas para demostrar de puertas afuera que daban participación a la mujer en ámbitos de decisión, pero cree por experiencia que si una mujer quería acceder a ellos por méritos propios tenía que pelear el doble que un hombre con las mismas aspiraciones:

Quiero decir, ¿cómo se llega a que haya una… tres mujeres en el Comité Local y tres en el Provincial? Pues, porque ‘la chica’. Pues un poco aquello de que parecía que te buscabas la Secretaría de la Mujer para que hubiera una mujer, y poco más. Bueno, sí, alguna del movimiento obrero, por aquello de que haya alguna obrera. Y entonces, ¿cuántas mujeres había? Había muy poquitas mujeres, en la dirección del Partido había muy poquitas mujeres… Y luego, yo recuerdo las reuniones cuando venía la compañera que llevaba el tema de la mujer: «¡Bueno! ¿qué? Toca hablar de lo de las mujeres, ¿no? Que hablen las chicas» [en tono mandón y despectivo]. Parecía que estábamos hablando de política y luego venían a hablar de… Esas cosas allí se vivían muchísimo. Que no se daba la misma importancia. Quiero decir, que formalmente en el papel, el no sé cuántos… Nos dejaban escribir documentos magníficos. Bueno, había que peleárselos. [No] nos dejaban, había que peleárselos. Y yo, la verdad es que las compañeras que trabajaban el tema de la mujer me parecían… ¡Vamos!, porque había que echarle narices a tener que acabar ahí peleándote por cuatro cosas. Pero bueno, formalmente aparecían los documentos. En el día a día de la relación de la militancia, pues había sus más y sus menos, claro. Entonces, ahí sí creo yo… que se avanza un poco más. En el concepto de que sí que tienen que estar ahí más mujeres. Al grito de lo que decía Cristina Almeida: si los tontos están en el cuaderno, y las tontas podemos también, pues ya se ha acabado aquí el que «¡A ver! mujeres para el Comité… Comarcal». «Fulanita». «A ver, que se demuestre». Claro, es que las señoras siempre hemos tenido que ir demostrando todo. O sea, un trabajo… pues tú tienes una carrera y el señor tiene una carrera. No, tú tienes que demostrar que sabes más que él, porque si no va él antes. Pues en la política era… es esto, ¿no?: «Pero bueno, a ver, ¿qué ha hecho esta camarada o esta compañera? A ver, ¿qué es lo que ha hecho? Que lo dem… que se demuestre». O sea, que me vengan aquí a hacerme la prueba de la virginidad o de la no virginidad, ¿no? [con rabia]. O sea, es que siempre tenias que estar demostrando el historial y el no sé qué. Bueno, a mí este señor que viene, ¿quién me ha dicho a mí que es tan estupendo? ¡pero bueno!… [con indignación]. La guerra por el espacio de las mujeres en los órganos de dirección, tremenda, claro, brutal, porque… Ellos tenían sus cuotas para decir que estaban las mujeres, y se ha acabado. Y si querías más, pues tenías que demostrar que es que eras la Armada Invencible, claro.

Su memoria de esta problemática en el ámbito sindical no es muy diferente. Recuerda la creación de las secretarías de la mujer al constituirse el sindicato legalmente como una manifestación más de la práctica de crear un espacio de cuota para aparcar en él a las mujeres y su problemática:

-El problema era el hacer fuerza para que pudiera haber mujeres […] pues el buscar espacios que no fuera el colocarnos la Secretaría de la Mujer, para que estuviéramos las chicas. Yo me acuerdo cuando estoy aquí en la Unión Comarcal, llevando la Secretaría de Organización, y me proponen irme a la Confederación para coger la Secretaria de la Mujer. Entonces se crea el dilema y lo razonamos entre las compañeras. Es decir «Bueno, hacen falta personas como tú, que sí que te tienen en cuenta, y que el tal, y que puedas hacer ahí el trabajo, y ahora». «Pero, si yo me voy, ¿vamos a garantizar que va a haber otra tía aquí, o perdemos el puesto? Pues no perdamos éste y cojamos la cuota femenina y no perdamos ésta». O sea, que eran esos niveles de temario. Estábamos muy poquitas mujeres.

-Eso es lo que te quería preguntar también, ¿cómo valoras la creación de la Secretaría de la Mujer de CCOO?

-Yo creo que es un paso que era fundamental tomarlo. Ya digo, desde la necesidad de que las propias mujeres, dentro del Sindicato, tomáramos conciencia de hasta qué punto teníamos que luchar contra los… tíos, para hacerles ver la necesidad de llevar otro ritmo. Porque, ya te digo, formalmente… Pero era aquello de «ya viene el coñazo», de que hay que incorporar no sé qué, y ya viene el tal. «No, perdona, es que en la negociación colectiva, en todo hay que introducir… Es que no es el tema de la mujer como la coletilla que se introduce en cada documento, es que tiene que impregnarse en todo». Eso se lleva adelante por las mujeres que están ahí, realmente con… peleándoselo muchísimo. Y yo, en ese sentido, creo que es fundamental que se creara la Secretaría de la Mujer, siempre luchando porque no fuera el reducto en el que te metieran. Porque claro, es que al final se vio la puerta para que algunas que estaban ocupando puestos de responsabilidad en comercio, en artes gráficas, en sanidad… Entonces, sí que había mujeres, a niveles más bajos había muchísimas mujeres. Y subiendo era muy complicado. Y bueno, parece que habían descubierto la cuota de la Secretaría de la Mujer para encajarte allí. Yo creo que las mujeres reivindicábamos la Secretaría como un elemento de presión para tener que estar…

-¿Por qué era complicado subiendo?

-Pues, por lo que te digo, porque estaban ellos y claro, las mujeres… Primero, el que las mujeres tuviéramos el tiempo, la entrega, las ganas de pelearse, para hacerte el sitio… Nuestro interés por jugar los espacios era más por, por la necesidad vital de realmente encontrar espacios de convivencia diferentes que por el brillo o esplendor. O sea, yo no tengo conciencia, de las compañeras con las que he estado, de tener conciencia de poder, o sea, de ir a por el espacio de poder. Hemos ido a reivindicar el que las mujeres lleguemos, el abrir camino a las mujeres… Y, en cambio, los tíos no. Los tíos teman muy claro que, para mover a uno de un sillón, ¡caracoles! ¿eh? Y luego, claro, costaba mucho y tenías que demostrar, pues que tenías el culo más `pelao’ que ellos [lo dice con energía). Y entonces, pues claro, era muy duro, y ninguna mujer se planteaba… Claro, cuando estás trabajando, estás en la lucha sindical, y estás con tus problemas de tu casa y de tus hijos y de no sé qué, tus ganas para estar peleándote y utilizando navajas para ocupar un sitio, pues francamente no nos seducía. La cantidad de mujeres que estuvieran dispuestas a aguantar toda esa presión pues tampoco eran tantas. Porque es que tenías que estar presionando tanto que al final decías «¡Anda ya, tú, oye!» Entonces tenias que estar ahí, teníamos siempre las mujeres que estar, haciéndonos también mucha terapia, ¿no? de, de «¡Adelante, venga, que podemos!»

Actualmente Carmen Arjona trabaja en una empresa y se encuentra «totalmente desconectada» del sindicalismo. Considera que, entre los jóvenes profesionales con los que trabaja, la práctica sindical está totalmente desprestigiada y, en la medida en que hay negociación de las condiciones laborales y hace necesaria una representación de los trabajadores, ésta no conduce a la afiliación. La figura del «liberado chupóptero» verbaliza para Carmen ese desprestigio. Entiende que el mercado de trabajo desincentiva la sindicación porque la precariedad en el empleo aumenta los riesgos de la disconformidad y la protesta. En su reflexión sobre esta problemática frecuenta términos corno ‘democracia formal’; ‘institucionalización’ y ‘desencanto.

ALBERTO GÓMEZ RODA

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