Adela Illescas Molina

Nace en Madrid en 1924. Su padre, comunista, muere en la guerra civil. En el entorno del PCE desde niña. Evacuados a Valencia, no puede asistir casi a la escuela por tener que cuidar a sus hermanos. Trabaja en bisuteria. Emigra a Alemania. A la vuelta trabaja en una contrata de limpieza de Renfe. Fue enlace en el sindicato vertical. Vinculada a CCOO desde 1975, es elegida delegada tras la legalización. Su sector, limpieza en contratas ferroviarias, son todo mujeres. Como sindicalista, luchó para que siguieran vinculadas a Renfe y no las pasaran a actividades diversas. Ha peleado por conseguir reivindicaciones básicas, como el salario o las condiciones de trabajo de las trabajadoras. Temas no específicamente de mujeres.

Testimonio recogido y comentado por Alberto Gómez en 2003.

A los 79 años, en la entrevista Adela tiene interés por exponer desde el principio las experiencias que en su infancia marcan su identidad política con el PCE y su repulsa al bando insurrecto en la guerra civil. Estas vivencias conducen a su concepto de sí misma como persona “revolucionaria» – con el significado, que se desarrolla en la entrevista, de mujer contestataria, luchadora, rebelde, resuelta, reivindicativa, insumisa- término que es el que también aplica a su padre, que constituye un referente firme, a diferencia de una madre, que en la entrevista presenta de forma más difusa y, en todo caso, como víctima consorte de un marido perseguido. No cabe duda que, siendo niña, Adela vivió una intensa socialización política plagada de experiencias que se grabarían en su mente para siempre. Ya casada, Adela es quien toma la iniciativa para durante cuatro años a Alemania y, en la posterior enfermedad cardíaca de su marido, desde 1969 hasta su muerte en 1982, se esfuerza por conciliar el cuidado de familia con la militancia y su actividad durante 16 años como delegada de CCOO en contratas ferroviarias.

Nacida en Madrid, en 1924, Adela es la mayor de cinco hermanos, aunque una hermana de pocos meses murió en la guerra civil poco después de ser evacuada la familia a Valencia; el hermano, tres años menor que Adela, murió a los 19 años. De su Infancia recuerda en primer orden los registros policiales de su casa del Paseo de los Pontones, por el activismo político de su padre ferroviario. Cuenta en particular con detalle una ocasión en que intervino para evitar que su padre llegase a su casa, a la vuelta del trabajo, cuando esta estaba siendo registrada por la policía, que le había advertido: “A tu padre lo vamos a matar por bolcheviqui». En el relato de esta anécdota es Adela una niña despierta y perspicaz que procura que su hermano menor no se vaya de la lengua. No era ajena a la militancia del padre, que daba mítines en una taberna contigua a su casa, donde cree recordar que acogía reuniones secretas con delegados extranjeros, Otros elementos de su relato de vida insisten en su temprana socialización política comunista. Formaba parte de los jóvenes Pioneros del PCE, que aprendían “canciones revolucionarias» en sus excursiones a la Casa de Campo, y recuerda haber estado en la Puerta del Sol cuando se proclamó la II República gritando ¡Vivan los estudiantes comunistas!

Adela estaba 12 años cuando ella, su madre y hermanos fueron evacuados por el PCE de Madrid a Valencia. En el puerto de Contreras, la aviación enemiga ametralló el convoy de refugiados y el vehículo en el que viajaba Adela estuvo a apunto de precipitarse al fondo de las gargantas que allí describe el río Gabriel. Una vez en Valencia se ocupó de su alojamiento el PCE, que les facilitó un piso en la carrera de En Corts.

Adela vendía por las calles el periódico Pasionaria [revista de mujeres antifascistas]. Su último recuerdo de la guerra es para los soldados de las Brigadas Internacionales y tiene el significado de la solidaridad: el brigadista que le pagaba el periódico sin quedarse un ejemplar y mostraba nostalgia por sus hijos, niños como ella. La derrota republicana queda asociada en la memoria de Adela a la muerte del padre:

…luego de muerto buscaban a mi padre. Que si hubiese vivido se lo hubiesen cargado, pero murió unos meses antes de terminar la guerra. […] Tuvo un accidente en el frente de Toledo, que le tiraron, y vino ya muy mal, para morir, murió. Y entonces lo buscaban. En Madrid estaban mis tías y nos dijeron que no nos acercáramos porque buscaban a mi padre, porque mi padre fue revolucionario toda la vida. Cogieron a un hermano de mi padre y lo tuvieron en Alicante. Le dieron de palizas… Decían que él era José Illescas, y él era Manuel Illescas, pero como no podían vengarse con el otro, pues se vengaban con él.

Evacuados en Valencia, sin poder volver a Madrid por miedo a las represalias, esposa e hijos huérfanos de padre militante comunista, perseguido ya antes de la guerra, fallecido en lucha contra los ahora vencedores, no eran buenas referencias para vivir en aquella dictadura. Pero la memoria de Adela no se explaya en las penalidades si no es para señalar la injusticia, la hipocresía, defender la propia dignidad y reivindicar su determinación aún siendo niña. Su madre consiguió trabajo en la Facultad de Medicina, pero lo perdió al aplicarse allí la reserva de plazas para los excombatientes nacionalistas y sus viudas. El temor a las represalias contra la madre hizo que Adela la sustituyese al ir a reclamar la pensión que les correspondía del Colegio de Huérfanos de la Renfe:

…mi madre se puso a trabajar, en la Facultad de Medicina, y la tiraron porque era para los excombatientes. Y luego mi madre estuvo lavando. Había unas señoras que conocía del Socorro Rojo, que por cierto esas señoras… todo lo que tenían de antaño, que no habían lavado, que mi pobre madre vino muerta, se lo sacó [para que lo lavase] y la pagó cuatro perras. Pasó mucho. Al final ya se colocó… […] Que fuimos a cobrar lo de mis hermanos, lo nuestro, y estaba el Estado Mayor, y yo no quería que fuera mi madre, porque digo «Esta es una gentuza, y a nosotros…», porque a veces en mi casa han venido a las dos de la mañana y las tres, a registrar la casa, por si estaba seguramente mi padre, o yo qué sé, aquí en Valencia. Y entonces yo no quería que fuera mi madre a cobrar eso. Y cuando fui yo, iba yo y [el funcionario] decía: «Dame los nombres». Estaban el uno con los fajines rosa y el otro azul. Y decía los nombres: «Adela Illescas Molina, José Illescas Molina -que este José se nos murió con 19 años-, Libertad Illescas Molina…» Hasta ahí hemos llegado: «¡Oye, nena! Eso no se te puede pagar porque ese nombre no existe». Y yo haciéndome la idiota le decía: “Oiga, no diga que no existe! pues si mi padre se lo puso, y ha muerto, pues como ha muerto, eso está en el juzgado. pues tiene que ser así, ¿cómo la vamos a llamar?» “A esa niña la cogéis y la bautizáis, y la ponéis otro nombre, porque si vienes al mes que viene a cobrar esto, no te lo pagaremos”. Pero yo al mes que viene, hasta el final fui y cobró con (el nombre del Libertad Illescas, aún se llama [así]…

Adela no pudo estudiar porque en el cuidado de sus hermanos tuvo que sustituir madre, que tenia que salir a trabajar. No puede ser más escueto el relato de su no paso por la escuela, máxima institución de formación y socialización infantil en la que la dictadura intervino con no menos brutalidad que en otros ámbitos. Pero Adela apenas pasó por la escuela franquista y ya a los 14 años se puso a trabajar.

Yo qué sé, creo que tenía catorce años, pues en cuanto me salí, a los catorce años. He hecho muchas cosas. Porque entonces mi madre iba a trabajar, entró en la Facultad de Medicina, pero por roja la tiraron y cogieron a viudas de los… excombatientes esos. Y entonces yo estaba haciendo en un almacén que estaba en la… está en Ruzafa. Era un almacén y allí cuñaba sacos con el… ¿cómo se llama? El signo de aquí de Valencia… el Rat Penat. […] Estuve sellando, poniendo la trapa, cosiendo sacos, iba con ellos al campo y cogía las cebollas en esas casetas que hay en las cebollas, las cogía y eso… Uno de los jefes decía: «¡Uy, Adelita! Tú no tienes que hacer esto». Y me ponía un bote con brasas para que me calentara las manos. Luego estuve de bisutera en [la calle] Doctor Sumsi, hasta que me casé. Estuve cuatro o cinco años, o seis, creo, estuve de engarzadora y de pulidora, en la bisutería.

Después de casarse, Adela no trabajó durante un tiempo por problemas de salud que le han impedido tener hijos. Luego volvió a trabajar y, como dice ella, estuvo «poco tiempo parada». En este punto el relato de Adela da un salto en el tiempo, con la salvedad de una mención a sus cuatro años de emigrante en Alemania, para detenerse en la rememoración de la dura travesía de la enfermedad cardíaca de su marido, desde un primer infarto en 1969 con 47 años hasta su fallecimiento a los 60 años de edad. Después del primer infarto, Adela trató de encontrar trabajo en la limpieza de hospitales y, tras el segundo en 1974, buscó ocupación con ayuda de familiares en Renfe. Desde ese momento Adela ha trabajado en el sector de «contratas ferroviarias», en la limpieza, donde ha sido delegada sindical de CCOO durante 16 años hasta su jubilación.

En un receso posterior de la entrevista, Adela se extiende largamente el de su emigración laboral a Alemania, país al que partió en noviembre de 1959. La vivencia de la emigración, que sin duda presenta aspectos compartidos con la experiencia de muchos otros que marcharon fuera de nuestras fronteras, debió ser una gran aventura en cuya exposición prima la imagen de una mujer decidida. Además advertimos que es un caso más en el que la mujer toma la iniciativa para asegurar el sustento familiar, suyo y de su marido, en una coyuntura difícil. Sólo el relato de los cuatro años de emigración en Alemania tiene tanta viveza y detalles, e incluso más que el de la infancia en la entrevista con Adela.

Primero me fui yo, porque vinieron, y el jefe mío era entusiasta de aquí de Valencia, tenía bungalow, en Denia, en las Rotas, y pidió 30 mujeres para Ir a Alemania a una fábrica de confecciones divina. Allí cosían abrigos, de piel, para esquiar y todo eso. Tenían peletería y trajes de chaqueta y abrigos. Era inmenso. Era un pueblecito que no habla nada, y ese dueño, serian varios, lo fundó el pueblo aquel, porque trajo producción, granja de todo, para las 30 que fuimos allí. Estuvimos muy bien, porque nosotros estrenamos, era “Haus Carmen» y “Haus Valencia”, y allí estrenamos las camitas. Parecía una casita de muñecas aquello, porque puso las cochas muy bonitas, todo pintadito, las lámparas una azul, la otra verde, muy bien, y estuvimos bien porque decían que no se metiera nadie con nosotros. Era una fábrica que había. Claro, había mucho que guardar y había vigilancia de día y de noche, con perros, y esas vallas que tiran en los trenes para no pasar. Estábamos de día y de noche y a nosotros siempre nos aconsejaron bien. […]

Yo fui porque entonces era una temporada donde mi marido trabajaba por cuenta de él. Es que mi marido trabajaba en la casa Prats, que había ahí en la calle Colón, que era del padre de Joaquín Prats, ese que sale en la tele, una cristalería. Había en la calle unos cristales así [cóncavos y convexos], que rara era la persona que iba por allí y no se miraba y le hacia la cabeza larga, o los pies. Eso estaba en la calle Colon, en el numero 7. […] Y esa fábrica cerró. Entonces mi marido se quedo sin trabajo, y entonces el trabajó con una colla de amigos de otro compañero, trabajaban por cuenta de ellos. Y en esa temporada que nos fuimos a Alemania era cuando cerraron los créditos de los bancos, y mucha gente, mucha faena que tenían de envergadura hecha, no nos pagaban porque les habían cerrado eso. Total que yo vi, como siempre he sido muy decidida, porque yo festeaba con mi marido desde que tenia quince años, y quiero decir con esto que me conocía el a mí. Y le digo: «Mira…» Y fui a la peluquería y me dice la peluquera: «Mira Adela, a ti que te gusta coser y eso, mira, piden 30 mujeres y las quieren valencianas, para irse a Alemania». Y yo voy y digo: «Pues yo voy, voy y se lo digo a mi marido y dice: «¡Calla! ¿pero tú cómo te vas a marchar?», Y le dije: «Mira, además estamos atravesando la situación mal, pues vamos a probar». Y aquel que sí, que no. […] Nos apuntamos [Adela y una cuñada de su hermana, de 18 años] y [la empresa] dice que si. Me voy a mi casa y le digo a mi marido: «Mira, ya lo tengo arreglado, que sí que me voy». Ese día fue un cuadro. Al día siguiente, que me marchaba, mi marido llorando, y llorando. […] Y a la que estamos a punto de salir se abraza mi marido y me dice: «Que no, que no te vayas, que yo no puedo vivir sin ti». «¡Uy! pues Jesús, tenemos que ir allí y decir que no nos vamos. Nos vamos y salía entonces el Auto-Res de la calle de Játiva, donde está Paños Mallens, y cuando llegamos allí viene el Samuel., que es el que llevaba todo eso, me dice: «¿Y tu maleta?» Digo: «No, mire, es que yo no me voy». «¿Que no te vas? ¿Por qué no te vas?» «Porque mi marido no quiere que me vaya». Y estaba mi marido conmigo, y mis hermanos y todo. «iPero hombre, tú no sabes lo que es eso, si es una cosa muy buena, vas a desperdiciado! ¡Cuántos lo quisieran y no lo tienen! Si tú al mes que viene ya estás allí [dirigiéndose al marido], me encargo yo y te doy mi palabra de honor que tú estás allí». […] Y me marché. Y al mes, yo estuve allí en noviembre, llegué allí el 13 de noviembre (de 1959] y mi marido el 6 de enero ya estaba allí conmigo. Luego le colocaron en la fábrica de cortador. […] A él le pusieron a Stunden, a horas, y yo iba al Akkord, yo iba a destajo. ]…] Nos timaban porque no… Ahora, estábamos muy bien. Uníamos la casa para nosotros, con calefacción, con todo. Luego tenían prohibido que nadie… Porque ahí iban muchos y se metían con las españolas para ver si se acostaban con ellas o eso, ¿no? Y allí tenían terminantemente prohibido, iba la guardia. Estuvimos muy bien (enfatiza]. Allí pasé unas Navidades como esas de película. […]

[…] Le pusieron de cortador y nos pusieron casa para los dos, estuvimos viviendo. Pero el sueldo, cuando yo veía… Porque a mi marido, claro, no hablaba nada, era muy serio, estaba siempre trabajando. Les trabajaba, pues fíjate… Pues trabajaba que era para ponerlo a destajo. Y yo subía arriba y les decía: «¡¡¡Vosotros sois unos sinvergüenzas, porque estáis abusando de mi marido!!!» […] «Sí, mira, mi marido está trabajando que no pierde ni un minuto, está trabajando a destajo, y vosotros le pagáis por horas. Mi marido tiene que estar a destajo. Sois unos ladrones».

El 26 de febrero de 1969 ingresó el marido de Adela, con 47 años, en el Hospital La Fe de Valencia por un infarto, es otra fecha fija en sus recuerdos. Este accidente cardíaco fue severo y el personal sanitario que lo atendió ayudó a Adela a encontrar trabajo en la limpieza del actual Hospital Peset Aleixandre, sin contrato. Luego lo dejó porque su marido se recuperó y trabajó hasta que en 1974 tuvo un segundo infarto. Entonces Adela encuentra en el contacto con sus familiares que trabajaban en Renfe, como lo habían hecho antes su padre y su madre, la posibilidad de conseguir una ocupación en esta empresa. Adela reivindica su participación en todo tipo de acciones colectivas, manifestaciones y huelgas, con el consentimiento y aprobación de su marido, ya dependiente de sus cuidados: «Mira, mira -me decía-, por favor, yo sé que es tu ideal, yo quiero que seas así, pero tú piensa que si a ti te pasara algo, ¿qué sería de mí?» En el PCE tomaba Adela parte en reuniones de su célula o agrupación, discutía lo que se proponía a debate y vendía la prensa, pero no se implicaba en actividades de organización que requerían más tiempo y compromiso, tampoco en organizaciones de mujeres. La enfermedad de su marido, de cuyo cuidado se muestra orgullosa, condicionó su actividad laboral y de militancia en esta etapa de su vida que coincide ya con la transición a la democracia.

Yo luego continué. Y luego, claro, me puse a trabajar, también tenía mi obligación en casa, ya dos por tres mi marido se ponía mal y tenían que llevarlo a la Fe y estaba con él toda la noche y luego al día siguiente tenía que ir a trabajar, no podía… Que lo tuve trece años enfermo, de los 47 a los 60 que falleció. Yo es que no. O sea, que si había que salir a defender los de fuera, a una manifestación, yo he estado en las manifestaciones de todo. Los Astilleros, Sagunto, la mujer, cuando era el día de la Mujer… A todo eso voy. Pero yo no he estado, no ha sido primordial porque no me quedaba tiempo, yo no podía. Ademas [de que] tenía mi marido malo, un cuñado de 47 años también. A veces salías de allí, terminabas de trabajar y decías: ¿A dónde tiro yo?» Mi madre tenía una enfermedad […] y a dos por tres la teníamos que ingresar para que le hicieran transfusiones. Que mi vida era polémica porque, tengo las hermanas, pero como éramos tres, pues no sabías dónde acudir. Y yo no me podía meter con nada más. Si había una reunión, una manifestación de mujeres… yo procuraba, si podía ir, pero no me podía meter para decir mañana esta reunión o pasado qué. No es que no quería es que no podía.

Entró en CCOO “en el año 77 cuando se legalizó, y anteriormente» cree que estuvo dos años, desde 1975 o 1976. Además de recordar su estrecha relación de colaboración con los líderes obreros de las CCOO de Renfe de los años 70-80 en Valencia, la solidaridad entre sectores (de los trabajadores de Rente con los de contratas ferroviarias v viceversa, de los de éstas con los de actividades diversas), las reuniones y asambleas “a salto de mata, donde podíamos», los diversos locales del sindicato y sus frecuentes visitas a la Magistratura de Trabajo durante sus 16 años como delegada, Adela reivindica su papel de líder obrera. En particular hace memoria de su lucha para evitar que la empresa consiguiese pasar su colectivo de ‘contratas ferroviarias’ a la rama de ‘actividades diversas’, exigiendo la unidad de las compañeras de la limpieza contra las presiones paternalistas y los tratos de favor de la empresa para dividir a las trabajadoras.

En Renfe, pues yo te diré. En la zona mía… es que yo estaba en el Dormitorio de Agentes y tenía a las que estaban limpiando oficinas, y el Dormitorio de Agentes lo llevaba yo, pero la [contrata] de los trenes y todo eso lo llevaban otros. Y claro, yo cuando alguien se quejaba de eso [discriminación en el trabajo con las mujeres], pero… Está feo que lo diga yo, pero yo es que me iba, y un día nos fuimos [vacila, recuerda] Lo único que les decía yo, porque como a veces tenías que saber con quién te tratabas, yo les decía: «Mira, la primera que voy a poner la cara va a ser la mía, pero si alguna de vosotras, cuando voy a decir esto, se me viene atrás, nos vemos las caras. Porque yo voy a defender, porque mi idea es esa y lo voy a defender, pero a mí no soy lameculos, en estas palabras, porque es que eso no lo trago yo». Eso ellas ya lo sabían. Y un día tuvimos que subir arriba, a las jerarquías, porque éramos nosotros ‘contratas ferroviarias?’que estábamos mejor acondicionadas que si fuera ‘actividades diversas’. Entonces, ellos vinieron, y claro, yo era muy revolucionaria y estaba con todos, con todos los de Comisiones que eran ferroviarios, ya me conocían y eso, y… les molestaba yo. […] Y resulta que me decía un tal Cirujeda, que era un jefazo de allí: «Mira Adela, tú díselo a las compañeras, porque vais a estar mejor [en actividades diversas]». ¡Qué va! Primero, cuando al principio fui yo, que estaba el [sindicato] vertical. Nosotros estábamos pero el que estaba con eso era el vertical, y me fui al vertical. Y entro allí, por cierto que había mucha gentuza, pero tropezó con una señora y le dije: «Mire, nada más venía a ver como estamos encuadradas». Y vi que estábamos encuadradas en ‘contratas ferroviarias’, que eso es lo que yo pedía. Entonces digo: «¡Ah, bien, bien!» Y luego bajó este señor y me dijo: «¡Va, Adela! si vas a estar muy bien. Tú vas a estar muy bien. Pero mira, ahora os hacemos de Actividades Diversas». Y yo le decía: «Señor Cirujeda, no pierda el tiempo». Pero claro, al mismo tiempo estaba con las otras porque digo «Si estas patosas, alguna le dice que sí, va a ser en perjuicio de ellas, porque van a meter la pata». «Mire, le digo que no. ¿Pero usted se ha creído que hemos nacido hoy?» Me puse con él… Y decía: «Tú consúltalo con la almohada». Y así vinieron casi una semana detrás de nosotras. «¿Pero usted ha visto alguno que tire piedras contra su tejado? Pues en ese caso somos las tontas nosotras. ¡No señor!» […] Y a ellas les decía: «Mira, si sois de actividades diversas, os pueden sacar a fregar a una escalera, a limpiar un patio, a ir a un hospital, ¿queréis eso?» Yo les tenía que decir también eso, porque si son cobardes .. Y así, diciéndoles eso, ya… Además era verdad eso, que te podían sacar. Ahí bajaron toda la jerarquía, que a mí no me podían ni ver, de arriba, los jefes, a ver si me convencían. Y al final les dije: «¡No señor, nosotros queremos ser de ‘contratas ferroviarias’!» Teníamos un plus diferente y el jornal bueno, y todo. Y todo eso.

¿Y qué hay de las reivindicaciones específicas de las mujeres en la negociaciones de las condiciones de trabajo en las que ella participó? Se le pregunta por ellas pero se dan por hecho y quedan desplazadas por las cuestiones mas generales del momento: el peligro de desmembrar las «contratas ferroviarias», las luchas de Rente en la era de la crisis del 79 en adelante…

ALBERTO GÓMEZ RODA (2003)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: